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Artadi no es la 'tapada' de Puigdemont

No reúne ninguna de las cualidades mínimas exigibles a un eventual testaferro interino con la fecha de caducidad impresa en el envase. Ninguna.

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Elsa Artadi | EFE

Puesto que desde el punto de vista lógico y racional lo que más les interesa a los separatistas es que haya un Gobierno de la Generalitat controlado por ellos, habrá que pronosticar que harán justo lo contrario, esto es, forzar un enésimo adelanto electoral. A fin de cuentas es lo que acaban haciendo siempre: jugar en el último segundo del último minuto la carta del loco. No es seguro, porque dentro del permanente caos neuronal do mora el Payés Errante nunca nada puede serlo, pero sí se antoja altamente probable. Al modo de todos los adolescentes, nuestros separatistas de tercera generación resultan ser criaturas románticas siempre proclives a gozar con la adrenalina del riesgo, seres que no se pliegan a soportar la tediosa rutina de las pautas establecidas y de los caminos trillados propios de los adultos. Así, si hay un plazo legal para formar Gobierno, bajo ningún concepto esos inmaduros vocacionales concederían no apurarlo al máximo, hasta que las manecillas del reloj los empujen al borde mismo del precipicio. Les excita lo temerario.

Por lo demás, la única certeza de la que podemos disponer a estas horas es que, pase lo que pase el próximo día 22 en el Parlament, el autor intelectual exclusivo del desenlace no será ningún otro más que el Payés. Solo el Payés. Única y exclusivamente el Payés. Ahora mismo, el PDeCAT no existe; la Esquerra igual vaga sonámbula por el limbo de los simples desde el instante en que Junqueras se mudó a Estremera y la otra, la Rovira, cogió las de Villadiego; y Junts per Catalunya no es más que un club de fans patrocinado carente de la menor autonomía operativa. Decidirá él. Y eso, ya se sabe, viene a ser lo más parecido que hay a dejar una pistola cargada en manos de un ciego. Una pistola y algo más que con demasiada frecuencia se olvida: cuatro millones de euros anuales, la subvención institucional que recibe el grupo parlamentario de Junts per Catalunya. Un dinero que administra personalmente la Artadi y que en estos instantes de sequía financiera para los separatistas supone otra fuente nada desdeñable de poder interno para el sanedrín de los incondicionales del ido. Una Artadi que, pese a todo ese ruido mediático que quiere adivinar en ella al tapado, no reúne ninguna de las cualidades mínimas exigibles a un eventual testaferro interino con la fecha de caducidad impresa en el envase. Ninguna.

Porque Putin tuvo la inopinada suerte de dar con un Medvedev que le calentara con fidelidad perruna la silla durante aquel paréntesis de cosmética apariencia democrática en el Kremlin. Pero, en política como en la vida, por cada obediente Medvedev hay un millón de Judas. Y esa chica tan pizpireta y tan pagada de sí misma y de su doctorado en Harvard, Artadi, no parece muy de fiar. En absoluto. Así las cosas, hasta el día 14 seguiremos perdiendo el tiempo con el revival de la inviable candidatura in phantasma del Payés. Después, y del 14 al 20, continuaremos perdiendo el tiempo con el tercer déjà vu del sufrido telonero Jordi Sánchez. El lunes 21, festividad de la Segunda Pascua en Cataluña, será eso mismo, una jornada festiva e inhábil con todo el mundo apurando el puente en la residencia de la playa. Restará, pues, una única sesión del Parlament, la del día 22, para tratar de consumar el parto de los montes. ¿Y qué saldrá de ahí? Estoy seguro de que ni el Payés lo sabe a estas horas.

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