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José García Domínguez

Carta lacrada a Pablo Iglesias (3)

Hay una razón poderosa que explica que los catalanes de hace quinientos años se interesasen por aprender castellano y no, por ejemplo, japonés o sueco.

José García Domínguez
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Hay una razón poderosa que explica que los catalanes de hace quinientos años se interesasen por aprender castellano y no, por ejemplo, japonés o sueco.
EFE

Caro Pablo:

Al modo de lo que aquí, en Cataluña, ocurrió con todos esos padres de la Iglesia de los que te di cumplida noticia la semana pasada, también el resto de lo que tú acaso llamarías trama, o sea las clases dirigentes locales de cuando el Antiguo Régimen, comenzaron a avanzar en ese peculiar proceso de coexistencia lingüística al que los filólogos designan con el término algo alambicado de diglosia. Como bien sabes, la voz diglosia remite a los usos distintos que un mismo hablante realiza de las lenguas que maneja en su vida cotidiana en función del contexto social en que se encuentre. Por ejemplo, siendo niño, mis profesores del colegio impartían las clases siempre en castellano, pero la mayoría de ellos se pasaban al catalán en el instante mismo de pisar la puerta de la calle. Muchos años después, cuando yo mismo fui profesor, solía ocurrir lo contrario: las clases se desarrollaban en catalán, si bien el castellano volvía a irrumpir en escena en cuanto sonaba el timbre de salida de las aulas. Pero no creas que esa relación algo esquizoide que mantenemos con las lenguas de uso habitual constituye un fenómeno novedoso. De hecho, es algo que viene ocurriendo de forma continuada en Cataluña desde, más o menos, los inicios del siglo XV, o sea desde siempre. Tú, Pablo, que eres un intelectual, no te deberías dejar impresionar por toda esa hojarasca falsaria, la que da forma al relato catalanista sobre la persecución secular de la lengua. Una mitología, la del pretendido holocausto lingüístico, que sitúa el instante germinal del exterminio planificado en el Decreto de Nueva Planta. Has de saber que por aquel entonces la diglosia ya estaba plenamente instalada entre los estamentos rectores de Cataluña. Al punto de que la mítica Nueva Planta, de hecho, no cambió nada a ese respecto. La supresión del uso del catalán en los documentos oficiales de la monarquía, que a eso se redujo en realidad el asunto, tuvo, más o menos, idéntica trascendencia práctica que el orillamiento progresivo del latín en la burocracia eclesiástica. Mucho antes de 1714, los nobles, los caballeros y los buenos burgueses de Barcelona ya educaban a sus hijos en castellano, acudían al teatro en castellano, leían libros en castellano y hablaban con soltura notable en castellano cuando se topaban con un interlocutor cuya lengua fuese esa. Eso sí, todo lo demás seguían haciéndolo en catalán. Como ves, una situación no demasiado distinta a la que hoy mismo se puede observar en la misma Barcelona.

Porque hay una razón poderosa que explica que los catalanes de hace quinientos años se interesasen por aprender castellano y no, por ejemplo, japonés o sueco. Es la misma razón que yace tras el afán de todos los padres españoles de hoy para que sus hijos dominen el inglés: la necesidad. Algo, el utilitarismo, ese pragmático rasgo universal de la condición humana, que choca de bruces con el relato romántico de los nacionalistas a cuenta de lo que ellos tienen por la quintaesencia metafísica de la identidad, que no otra cosa representa el idioma a sus ojos. Así, en la catequesis histórica que recibe la población escolar catalana actual, el año 1714 constituye un traumático punto de inflexión sociolingüístico. Según se les explica, el célebre Decreto de Nueva Planta, una imposición punitiva de la nueva dinastía borbónica, habría introducido el uso forzado de una lengua tan ajena como desconocida hasta aquel entonces, la castellana por más señas. Narración canónica que solo plantea un pequeño problema operativo, a saber, que no se compadece en absoluto con la verdad. Contra lo que tanto les hubiese gustado a nuestros nacionalistas contemporáneos, la gradual penetración de la lengua castellana en Cataluña a partir de la Baja Edad Media fue un proceso esencialmente endógeno, no exógeno. De ahí que tras la derrota y ulterior rendición de la ciudad de Barcelona a las tropas del Duque de Berwick resulte imposible detectar ningún cambio en los hábitos lingüísticos de los estamentos dirigentes de la Cataluña de entonces. Tal como ya te indiqué ahí atrás, para un nacionalista de principios del siglo XXI la lengua constituye el rasgo fundamental del sentimiento de pertenencia de los catalanes. Pero para un catalán cualquiera del XV, del XVI, del XVII o del XVIII la lengua vernácula no tenía mayor importancia. No significaba nada especial más allá de su condición de mero instrumento para comunicarse con el prójimo. Las tropas de Felipe V que pusieron cerco a la ciudad en 1714 venían de fuera (aunque, como también sabes de sobra, muchos de los asaltantes eran tan catalanes como los asaltados), pero el castellano ya llevaba más de dos siglos instalado dentro de sus murallas cuando el abogado Rafael de Casanovas decidió rendirse. ¿Cómo entender si no que un ilustre antepasado del también ilustre Martí de Riquer, cierto Anton de Sabater, pudiera pronunciar el discurso oficial de recibimiento a las tropas borbónicas en Barcelona en el más impecable, barroco y florido de los castellanos?

Tuyo afectísimo.

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