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Populismo, izquierda e inmigración

El término 'populista' se reserva para los partidos y líderes de la derecha que han acabado apropiándose de todos los temas y banderas de la izquierda.

José García Domínguez
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EFE

Ahora que se ha impuesto la norma de llamar populismo a cualquier disonancia en el discurso político que no encaje con el cuento de hadas de la globalización y su tan anunciado final feliz, el de la plena libertad de movimientos para personas, mercancías y capitales a lo largo y ancho del planeta todo, tal vez deberíamos preguntarnos por qué nadie ha tildado nunca de populista a una nación como Canadá, país que hace décadas que impone rigurosísimos controles a la circulación de trabajadores poco cualificados a través de sus fronteras. Lo mismo que Suiza, por cierto, otro ejemplo de populismo crónico con bula. Y esos no son los únicos populistas impunes. Porque el mismo populismo, exactamente el mismo, lo vienen practicando desde siempre dos lugares con tan buena prensa buenista como Nueva Zelanda y Australia. ¿Por qué es populista Trump y no lo son, en cambio, los últimos diez primeros ministros de Australia? Misterio. O no tan misterio, si bien se mira. Y es que el término populista se reserva en exclusiva para aquellos partidos y líderes de la derecha conservadora que, casi sin que nadie se diese cuenta, han acabado apropiándose de todos los temas y banderas de la izquierda, votantes obreros incluidos.

Repárese, sin ir más lejos, en esa asombrosa mutación que en apenas nada ha sufrido el mapa político del Reino Unido. Hoy, el líder indiscutible de la clase obrera inglesa resulta ser Theresa May, que ha desbancado en ese caladero al UKIP por la muy sencilla vía de fagocitar su programa. Algo mucho más asombroso aún si se tiene en cuenta que, al igual que el resto de Europa, también allí acaban de pasar por siete interminables años caracterizados por mutilaciones tan constantes como dolorosas del gasto social, la llamada austeridad, un aceite de ricino presupuestario que han aplicado gobernantes conservadores. Y, sin embargo, la distancia demoscópica entre May y ese viejo izquierdista de libro, Corbyn, es de nada menos que de 36 puntos. Traducido a las unidades de medida que se manejan en política, el equivalente a varios años luz. A estas horas es más fácil encontrar una pepita de oro en el fondo del Támesis que un obrero inglés dispuesto a votar a los laboristas. Una mutación de dimensiones históricas que tampoco resulta tan difícil de entender. Ocurre que la menguante clase obrera inglesa ha acabado viendo a los laboristas como un partido que coloca los intereses de los inmigrantes por delante de los de los británicos.

A ese respecto, el gran dilema al que se enfrentan los progresistas de todos los partidos en Occidente, tanto los liberales como los socialdemócratas, es que están obligados a elegir entre sus principios morales universalistas y el interés económico local de las comunidades y países a los que aspiran representar. Ocurre que el modelo del Estado del Bienestar europeo, por mucho que lo cuestionen sus adversarios, sigue siendo financieramente viable. Tan viable como mantener nuestras fronteras nacionales abiertas de par en par a la inmigración, pese a contar la idea con otro número notable de detractores. Lo que, en cambio, no resulta en absoluto factible es que esos dos propósitos, conservar el Estado del Bienestar y al tiempo hacer permeables las fronteras a la inmigración, puedan convivir en plácida armonía. Eso, simplemente, es imposible. Pero la izquierda no lo quiere entender. Y como no lo quiere entender, no lo entiende. De ahí que los votantes, en especial los procedentes de las capas populares, la estén barriendo del mapa en todas partes, igual en Holanda que en Francia, Irlanda o el Reino Unido. Malos tiempos para la lírica socialdemócrata. Muy malos.

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