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El cielo puede esperar

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"El cielo puede esperar" es una película dirigida y protagonizada por Warren Beatty, en la que se narra la historia de un jugador de rugby al que su ángel guardián le mata, por error, mucho antes de tiempo. Para solventar la metedura de pata, el ángel se ve obligado a introducir el alma de Warren Beatty en el cuerpo de otro fallecido, dando lugar a una comedia romántica de enredos muy entretenida.

La película es un remake de otra cinta de 1941, "Here comes Mr. Jordan", la cual ganó en su día el Óscar al Mejor argumento otorgado por la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood.

La frase que da título a la película, "El cielo puede esperar", tiene su historia. Ya fue utilizada en 1943 para otra galardonada película de Ernst Lubitsch, que aquí en España se tradujo como "El diablo dijo no", y son numerosos los cantantes, desde Michael Jackson a Iron Maiden, que han empleado esa frase como título de sus composiciones. El propio grupo español Mecano la incluyó como referencia dentro de la letra de una de sus canciones.

No he podido evitar acordarme de la frase al ver, esta semana, la caída en desgracia de Juan Carlos Monedero, que se ha marchado de Podemos con cajas destempladas, aunque luego haya tratado de suavizar y matizar sus exabruptos iniciales.

Resulta impactante ver la velocidad con la que Podemos ha mutado en los últimos meses. ¿Recuerdan ustedes aquella frase de Pablo Iglesias, vagamente basada en una cita de Marx y que tantas alarmas despertó entre tantos bienpensantes: "El cielo no se toma por consenso, sino por asalto"?

¿Cuánto tiempo ha pasado desde que se pronunciara aquella frase? Desde entonces, parece que en Podemos hubieran transcurrido eones. Como si las épocas geológicas hubieran ido sucediéndose, dejando solo los restos de innumerables seres fosilizados. Pero, en realidad, solo han transcurrido seis meses: Pablo Iglesias empleó aquella frase en el congreso fundacional de Podemos, en octubre.

Y donde mejor se resume la mutación de Podemos es, precisamente, en el olvido de esa frase. Ese impulso antisistema con el que el partido ascendió como la espuma en las encuestas ha ido diluyéndose con el paso del tiempo. La sobreexposición televisiva, las meteduras de pata ante las cámaras, las reuniones discretas con Bono y Zapatero, la relación tóxica con Tania Sánchez, el fallido asalto a Izquierda Unida Madrid, los escándalos de la financiación bolivariana.... Todo el desgaste acumulado, unido a los errores estratégicos, ha ido embotando el filo de ese cuchillo llamado Podemos, hasta dejarlo reducido a un instrumento casi inocuo, con el que ya solo se aspira a untar mantequilla en el pan y a construir una Izquierda Unida con esteroides.

Podemos ha decidido que el cielo puede esperar, y ha renunciado a asaltarlo. Tras comprobar que los muros estaban celosamente guardados, Pablo Iglesias ha preferido explorar la vía del consenso, tan tajantemente desechada al principio.

Y Juan Carlos Monedero ha optado por marcharse. El no trajo el dinero venezolano para construir consensos, sino para financiar las máquinas de asalto televisivas con las que se iban a derribar los muros celestiales. Y tampoco trajo la financiación chavista para que ahora Pablo Iglesias le deje tirado en vivo y en directo, renegando de ese régimen venezolano al que se utilizó mientras se pudo, y que ahora apesta demasiado como para seguir manteniéndolo entre las amistades de la familia.

Juan Carlos Monedero no está dispuesto a hacer esperar al cielo. Por eso se marcha. Como tampoco están dispuestos los miembros de Izquierda Anticapitalista, con Miguel Urbán a la cabeza, que piden refundar Podemos y abandonar la moderación. El maquis de las esencias se le ha echado al monte a Pablo Iglesias, que se quedó dormido mientras veía el último capítulo de Juego de Tronos, soñando con glorias pasadas y con una recepción en el Palacio de la Zarzuela.

Como le pasó a la oveja Dolly, Pablo Iglesias y Podemos han envejecido prematuramente. Y ahora meditan sobre lo fugaz de la vida y de la fama, mientras las nieves del tiempo platean sus sienes.

En el Cielo, los guardianes se juntan alrededor de la hoguera y cuentan antiguas leyendas sobre bárbaros míticos, que un día se presentaron ante las murallas vestidos con simples túnicas y armados con lanzas, y a los que la insomne guarnición dispersó sin más que arrojar un par de calderos de aceite hirviendo.

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