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Pasajeros de tercera

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El hundimiento del Titanic es un suceso histórico particularmente bien documentado. Sabemos perfectamente, por ejemplo, qué fue lo que los pasajeros tomaron en aquella su última cena, antes de que el barco chocara contra un iceberg y se fuera a pique.

Los pasajeros de tercera tuvieron la posibilidad de paladear un rosbif con maíz y patatas hervidas y, de postre, pudin de ciruela.

Para los pasajeros de primera, la cena fue algo más elaborada:

Primer plato: Canapés variados y ostras gratinadas al champán

Segundo plato: Consomé Olga con oporto, vieiras y juliana de verduras; y crema de cebada

Tercer plato: Salmón escalfado con salsa muselina y pepinos

Cuarto plato: Solomillos Lili sobre patatas hervidas, con foie de oca y corazones de alcachofa; pollo salteado a la lionesa con tomate y setas; y flores de calabacines rellenas

Quinto plato: Pierna de cordero en salsa de menta; pato asado con manzana y salsa de manzana; solomillo de buey adobado a la parrilla con verduras y patatas parmentier.

Sexto plato: Sorbete a la romana con naranja, limón, ron y merengue.

Séptimo plato: Pichón asado con berros

Octavo plato: Ensalada fría de espárragos con vinagreta azafranada al champagne

Noveno plato: Paté de foie-gras y apio

Décimo plato: Tarta Waldorf; melocotones con timbal de gelatina al Chartreuse; pastelillos de crema y chocolate; helado de vainilla

Pero las diferencias entre la tercera clase y los demás no se limitaban a la cena. Está bastante bien documentada, asimismo, la lista de pasajeros y supervivientes. El Titanic transportaba 2223 pasajeros, pero solo tenía botes salvavidas para 1178. Y fueron los de tercera clase los principales sacrificados.

El 93% de las mujeres y el 97% de los niños de primera y segunda clase se salvaron, mientras que de tercera clase solo sobrevivieron el 46% de las mujeres y el 34% de los niños. Entre los hombres, la proporción fue algo más equilibrada: se salvaron el 21% de los de primera y segunda clase y el 16% de los de tercera.

El viernes conocimos el globo sonda de la nueva reforma fiscal que prepara el gobierno. Nos amenazan, entre otras cosas con subir al 21% el IVA de todos los productos y servicios que ahora tienen un IVA del 10%, salvo los de vivienda, hostelería y transporte público. Nos amenazan con subir los impuestos de las gasolinas, el alcohol y el tabaco. Nos amenazan con quitar retroactivamente la deducción por vivienda habitual... Y a cambio dicen que bajarán el IRPF. Ya me imagino (y creo que Vds también se imaginan) quién saldrá palmando en la operación. Desde luego, para los que menos tienen y menos ganan, el que la cesta de la compra pase a tener 11% más de IVA puede ser demoledor.

Que nuestra casta política continúa cenando opíparamente, como en el Titanic, mientras que los demás llevamos cinco años apretándonos el cinturón, es algo ya conocido. La deuda del estado sigue subiendo, aquí no se cumple ningún objetivo de déficit, el gasto de las administraciones sigue desbocado y Rajoy, a pesar de todo, insiste en que no se tocan los 17 chiringuitos autonómicos, que se han convertido en la macroagencia de colocación para amiguetes y familiares de la Casta.

Que los botes salvavidas son para los de arriba, como en el Titanic, también está claro. A los españoles nos han sacado 50.000 millones de euros para rescatar las cajas de ahorros quebradas por los políticos y otros 40.000 millones de euros para que las autonomías sigan gastando. Mientras, los afectados por los desahucios o las preferentes tienen que mantener una lucha desigual contra las entidades financieras y ambos dramas continúan sin resolverse de manera satisfactoria.

Pero oiga, en el Titanic, los billetes de primera costaban 10 veces más que los de tercera. Con lo cual, al menos la opípara cena para los pudientes estaba justificada: la habían pagado ellos al comprar su billete. Pero es que en esta España de hoy, a los pasajeros de primera, es decir, a los miembros de nuestra querida casta política, encima les estamos pagando el billete nosotros. Porque su poder, y su salario, y el de todos los allegados a los que colocan en las administraciones, sale también de nuestros impuestos.

Nosotros pagamos la cena de los de arriba y de los de abajo. Nosotros pagamos los botes salvavidas con los que se rescata a bancos y autonomías. Y nosotros compramos los billetes, pagamos la construcción del barco e incluso abonamos los sueldos de la tripulación.

¡Y encima vienen a amenazarnos con quitarnos también el poco dinero de bolsillo que aún nos queda para el viaje!

Pues qué quieren que les diga. Que no se extrañe luego ninguno si, de repente, a algún enfurecido grupo de pasajeros de tercera, le da por prender fuego al transatlántico. Porque se están ustedes pasando tres pueblos.

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