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Sociedad de hipócritas

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El pasado miércoles era rescatado milagrosamente un bebé de apenas dos semanas, que había sido arrojado vivo a un contenedor de basura en Mejorada del Campo. El niño habría muerto, de no ser porque le oyó llorar un vecino que paseaba a su perro.

El bebé estaba metido dentro de una mochila, introducida a su vez en una bolsa de basura. Junto al bebé se hallaron un biberón y un chupete.

Fue precisamente el biberón lo que permitió a la Guardia Civil identificar rápidamente a la madre del bebé, puesto que se trataba de un modelo que solo había sido suministrado al Hospital del Henares. Repasando la lista de mujeres que habían dado a luz recientemente en ese centro hospitalario, se localizó a una mujer colombiana, madre de otros tres hijos de entre 4 y 11 años. La mujer se derrumbo al ser detenida y confesó los hechos.

Al parecer, había ocultado su cuarto embarazo a su marido, que discutió con ella al enterarse el mismo día del parto. También se lo había ocultado al dueño del bar en el que trabajaba de camarera, por miedo a perder su trabajo. Nacido el bebé, no dejaba dormir a nadie por las noches, debido a los llantos. La mujer, enfrentada a una situación que la superaba, terminó decidiendo arrojarlo al contenedor. Tras la detención, los otros tres hijos de la pareja han quedado a cargo del marido, de quien se descarta que estuviera al tanto de la acción de su mujer. La colombiana podría ser acusada de intento de asesinato.

Hasta aquí los hechos hasta ahora conocidos de un caso que ha horrorizado a mucha gente. Permítanme ahora que me haga algunas preguntas.

Esa mujer que arrojó a su hijo a un contenedor está considerada una asesina. Sin embargo, la misma sociedad que con razón la condena por intentar asesinar a un niño, habría mirado indiferente para otro lado si la mujer hubiera matado a su hijo tres semanas antes, abortándolo.

¿Cuál es entonces el pecado de esa mujer? ¿Haber sido tan pardilla como para no haber matado a su hijo según los cánones socialmente aceptados?

Porque ese niño es un ser vivo ahora, igual que lo era dos semanas antes de nacer. Ese niño es un ser humano ahora, igual que lo era dos semanas antes de nacer. Ese niño es un ser distinto de su madre ahora, igual que lo era dos semanas antes de nacer.

La única diferencia es que una sociedad hipócrita daba carta blanca para matarlo hasta hace dos semanas, para ahora rasgarse las vestiduras y señalar a esa mujer con el dedo acusador. Si lo piensan ustedes fríamente, esa sociedad la condena por arrojar vivo a su hijo a un contenedor, en lugar de abortarlo y dejar que sea la clínica la que lo arroje muerto a otro contenedor adecuado para residuos orgánicos.

Permítanme otra pregunta. Esa mujer ocultó su embarazo a su jefe, para no perder su trabajo. Ocultó su embarazo a su marido, tal vez para evitar las disputas por un cuarto hijo no deseado. Al final, como ella misma confesó, intentó matar a su hijo porque no podía con su cuidado, con el de sus otros hijos y con su trabajo. Eso no hace menos culpable su acción, pero permite intuir qué estaba pasando por su cabeza cuando decidió deshacerse de su hijo.

Ahora díganme: ¿qué podemos decir de una sociedad, la nuestra, donde una mujer embarazada, o que acaba de dar a luz, puede perder su trabajo, puede quedarse sin recursos para atender a sus otros hijos, puede verse imposibilitada para hacerse cargo de su familia?

Nuestra hipócrita sociedad, ante las dificultades que tantas mujeres tienen que afrontar, dispone de una solución muy sencilla: que aborten. Nada de introducir medidas de protección para las madres. Nada de garantizarles los recursos para poder hacerse cargo de su nuevo hijo y de los anteriores. Nada de ayudar a esas madres a compatibilizar la vida laboral y el cuidado de su familia. Es más barato que aborten. Deshacerse de un ser humano antes de que nazca son solo unos pocos cientos de euros. Así de simple.

A mí me horroriza lo que esa mujer ha intentado hacer. Pero me horroriza mucho más la hipocresía de la sociedad en la que vivo. Al menos esa madre intentó tener a su hijo, aunque luego se diera por vencida ante la indiferencia de una sociedad que, en el fondo, lo que la estaba diciendo a la cara es: "¡Si no puedes con el nuevo hijo, haberlo abortado y no te diríamos nada, bonita!".

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