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Títeres de cachiporra

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El guiñol es un tipo de espectáculo nacido en Francia en el siglo XVII, aunque es a partir de 1800 cuando se consolida en su forma actual. La propia palabra "guiñol" (Guignol) es el nombre que tenía la marioneta protagonista de los espectáculos del titiritero francés Laurent Mourguet, el padre de los modernos teatros de marionetas.

El argumento de los guiñoles suele ser muy simple, y casi siempre incluye una lucha entre buenos y malos, con considerables dosis de cachiporrazos. De ahí uno de los nombres con que en español se conoce ese tipo de espectáculo: "títeres de cachiporra". Son los cachiporrazos lo que más pasión despierta entre los niños, que sufren cuando es el bueno el que recibe los golpes y vitorean cuando el malo, al final, se lleva su merecida paliza.

Por supuesto, los niños viven esa lucha entre el Bien y el Mal como si fuera real, cosa que no sucedería si pudieran ver lo que pasa al otro lado del escenario, es decir, si pudieran contemplar al titiritero moviendo los hilos. El espectáculo exige que los hilos del tinglado no sean demasiado evidentes.

Mañana inicia Rajoy una ronda de contactos que culminará el miércoles, con la cita prevista entre Rajoy y Mas. Antes que al presidente de la comunidad autónoma catalana, Rajoy recibirá el lunes a Pedro Sánchez y el martes a los supuestos "agentes sociales" (sindicatos y patronal).

Llevan semanas preparando a la opinión pública para la escenificación que tendrá lugar a lo largo de estos tres días: cruces de declaraciones sobre quién debe llamar a quién; manifiestos abogando por terceras vías que eviten el supuesto choque de trenes; llamamientos desde el PSOE a reformas federales de la Constitución; publicación de balanzas fiscales que rebajen los supuestos niveles de agravio...

De no haber sido por las pasadas elecciones europeas, el guión del espectáculo hubiera sido muy simple: como las exigencias nacionalistas nos llevan al abismo, PP y PSOE se ponen de acuerdo para salvarnos en el último minuto y pactan una reforma del Título VIII de la Constitución para evitar el referéndum, a cambio de conceder a Cataluña una independencia de facto. Vamos, lo que viene siendo la tan cacareada Tercera Vía.

Sin embargo, las elecciones europeas lo han complicado todo. Porque esa estafa podría haber sido impulsada por los dos partidos mayoritarios en caso de haber seguido contando con un respaldo popular suficiente. Pero un PP y un PSOE que no llegan entre los dos al 50% de los votos, carecen de legitimidad suficiente para imponer reformas constitucionales sin consulta al pueblo español. ¿Podrían empecinarse en seguir adelante con el guión original? Podrían. Pero eso significaría desestabilizar de modo irremediable al PP, el único de los partidos del régimen que todavía se mantiene en pie.

Además, la situación se complica debido a otros dos factores.

De un lado, la corrupción: si nos fijamos en quiénes se van a reunir en estos tres días, estamos hablando de tres partidos (PP, PSOE y CIU) y de una serie de organizaciones sindicales y patronales que suman, entre todos, más de mil casos judicializados de corrupción. El desprestigio ante la opinión pública de los participantes en esa escenificación es brutal. Pensemos por un momento: ¿qué solución pueden intentar vender al alimón a los españoles el ex-jefe de Bárcenas, el ex-consejero de Hacienda de Jordi Pujol, el amigo de Pepe Blanco y el jefe máximo de los de UGT-Andalucía? Cualquier propuesta que se plantee avalada por esa foto de familia, está muerta de entrada.

El segundo problema es más complejo aún. Si la presente crisis política ha tenido algún efecto, ése ha sido el de poner al descubierto los hilos del guiñol, terminando con las ilusiones y con la ingenuidad. A estas alturas, todos sabemos que los supuestos sindicatos mayoritarios no tienen nada de sindicatos, y sí mucho de correa de transmisión del poder político: a estos falsos sindicatos se los usa para que no haya verdaderos sindicatos. Y todos sabemos que el Partido Socialista y el Partido Popular no son sino las dos principales marcas electorales de un mismo chiringuito multiforme: todos hemos visto cómo se reparten unos y otros los cargos y las esferas de poder; todos hemos visto cómo compartían mesa y mantel en consejos y asambleas de cajas de ahorros, mientras las quebraban en comandita...

Todos hemos visto, en definitiva, lo que de teatro hay en la política española: los trucos que usan los titiriteros para hacernos creer que los buenos luchan contra los malos, cuando en realidad todos ellos pertenecen a la misma compañía teatral. Y nosotros, los niños españoles, ya no nos creemos una palabra cuando empiezan con sus cachiporrazos fingidos. Véase, por ejemplo, el nulo efecto electoral que tuvo el patético debate sobre el machismo de Cañete, en la pasada campaña de las europeas. De hecho, ese tipo de escenificaciones empiezan a ser contraproducentes para los dos partidos mayoritarios, porque a la gente le repatea que la sigan tomando por imbécil.

Por si todo esto fuera poco, la caída estrepitosa de Pujol embarra aún más un terreno de juego que ya se encontraba en estado lamentable.

¿Qué saldrá del teatrillo que nos tienen preparado para esta semana? Pues yo creo que ni ellos mismos lo saben, más que nada porque las noticias se suceden a velocidad de vértigo, y de aquí al miércoles vaya usted a saber si no han detenido a alguno de los previstos participantes en la ronda de contactos. Van a tener, por tanto, que improvisar. Es probable, incluso, que a la vista de la situación, opten tan solo por ganar tiempo, y que lo que se escenifique sea un falso desencuentro, que al final desembocaría en un simulacro de referéndum, mientras en paralelo se negocia una condonación de la deuda del Fondo de Liquidez Autonómica, y se da tiempo a Pedro Sánchez a asentarse en la secretaría general del PSOE.

Como dirían los cursis (incluido yo), la situación está muy fluida. Y en este contexto, las encuestas se van a convertir en un arma de destrucción masiva. Nunca volverán a tener los demóscopos la importancia que van a cobrar en las próximas semanas. Porque nuestra clase política se está moviendo en terra incognita, de la que ni siquiera existe aún una cartografía que muestre los lugares peligrosos.

Y cualquier estúpido traspiés puede hacer que todos se precipiten al vacío, atados como están unos a otros por los hilos del guiñol.

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