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Comer en las calles del mundo (I)

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La comida y la gastronomía son una parte importante de la experiencia viajera y creo que no solo para aquellos que, como un servidor, somos aficionados a la buena mesa: comer es una parte importante de la cultura y las costumbres de cada lugar que visitamos y saber como se hace en cada sitio es, creo yo, tan importante como conocer sus museos o sus monumentos.

Y dentro de lo que es comer, pienso que para los viajeros ocupan un lugar muy especial los puestos callejeros que en prácticamente todo el mundo nos ofrecen comida a pie de calle, sin necesidad de pasar por la formalidad de la mesa y el mantel y pudiendo seguir paseando o sentarnos en la acera para contemplar como los otros turistas y los indígenas siguen de acá para allá cumpliendo con sus obligaciones.

En mi limitada experiencia una de las mejores ciudades del mundo para comer en la calle es Estambul, principalmente por los numerosos puestos de kebab que ofrecen ese bocadillo ya conocido en todo el mundo. No obstante, hay algunas diferencias respecto a los que tomamos por Madrid (o cualquier ciudad española): suelen ser algo más sencillos en su relleno y, normalmente, el pan que se usa no es tanto la pita habitual por estos lares como unas tortitas enrolladas.

Los había (como todo en esta vida) mejores y peores pero todos eran bastante comestibles y los de pollo tenían un precio imbatible: antes del cambio a las nuevas liras turcas de hace unos años costaban un millón, que a pesar de la magnitud de la cifra eran al cambio poco más de 0,70 euros. Además, los vendedores ofrecían su baratija comestible al inefable grito de "¡Bir million! ¡Bir million!" (¡un millón, un millón!) que acababa por formar parte de la auténtica banda sonora de Estambul.

Había algunos más caros pero que podían valer la pena: recuerdo que en la feria del Ramadán de la plaza de Sultanahmed (un paraíso de la comida callejera, por cierto) había un puesto en el que la carne, de cordero, se preparaba a la brasa, sí sí, a la brasa aunque resulte increíble; créanme si les digo que era absolutamente delicioso.

Otra posibilidad interesante en Estambul eran los bocadillos de pescado que se preparaban en el puerto, junto al puente Gálata. Ni el aspecto de los puestos ni el de los tenderos hacían pensar en los más rigurosos controles sanitarios, pero al fin y al cabo estábamos junto al Bósforo y pensamos que el pescado debía ser fresco. La experiencia fue gratificante y no tuvo efecto secundario alguno.

Otra ciudad en la que es habitual comer en las calles es Nueva York, donde a pesar de que se ofrecen cientos de comidas de cientos de lugares del mundo el rey indiscutible es el puesto callejero de perritos calientes. También era una opción económica: cuando visité la ciudad el "modelo" sencillo con ketchup y mostaza costaba un solitario dólar (me dicen que ahora han subido a dos) y ciertamente tenía un sabor completamente especial que no sé si sería por la salchicha, el panecillo, las salsas de bote o la mugre del carrito.


También se estilaba mucho en la Gran Manzana el pretzel, una cosa a mitad de camino entre el bollo y la galleta de nombre un tanto judaizante y que no logró convencerme lo más mínimo: su pasta seca poco podía hacer frente a la carnosidad jugosa del perrito

En cualquier caso, quién no se ha comido un perrito caliente caminando por Broadway o sentado en Central Park no puede decir que ha vivido la full New York experience.

PD.1: Como el artículo me estaba quedando largo he decidido partirlo en dos, así que mañana tendrán más.

PD.2: La imagen la he tomado de la wikipedia, su autor es J.Reed y se trata de un puesto de perritos en Coney Island.

PD.3: Lea la segunda parte de este artículo.
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