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La abrupta y violenta belleza de los acantilados de Moher

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En los Acantilados de Moher hay días en los que, cuando se cierra el centro de visitantes y el acceso a la zona, se descubre algún coche desconocido en el parking. Eso hace saltar las alarmas y rápidamente se investiga si el vehículo abandonado es de un suicida y se pone en marcha el dispositivo que busca en el fondo de la inmensa pared de roca los restos de los infortunados.

Me contaron, incluso, la historia de un alemán que salio de su país en un vuelo hasta el cercano aeropuerto de Shannon, alquiló un coche y terminó de forma abrupta sus días en este impresionante rincón de Irlanda.

Puede que les parezca que esta es una forma extraña de empezar un artículo de viajes –bueno, de hecho admito que lo es- pero yo creo que esa pulsión suicida, esa fascinación mortal, les hará entender mejor que cualquier cosa que yo pueda decir la abrumadora e impactante belleza de los Acantilados de Moher, uno de esos lugares que una vez has visto no puedes olvidar. Un lugar al que incluso la muerte viaja a su modo, como pueden ver.

Una inmensa catara de roca

Dejando atrás este sombrío inicio, les contaré que los acantilados de Moher están situados, además, en uno de los rincones con más encanto de Irlanda, el Condado de Clare, uno de esos paisajes en los que la naturaleza y el hombre parecen convivir de una forma especialmente armoniosa… excepto allí donde la tierra se precipita abruptamente hasta el mar en una inmensa catarata de roca.

Por suerte, no son sólo un reclamo para suicidas: también son una de las grandes atracciones turísticas de Irlanda y uno de los lugares más bellos e impresionantes que podrán conocer en la verde isla. Y un destino especialmente preparado para recibir ese torrente de visitantes: hay un gran parking, un centro de visitantes con todo lo necesario, y un terreno cuidado y vallado para que todo el mundo pueda conocer los acantilados sin dificultades.

No teman, no obstante, que el lugar esté demasiado "domesticado": pese a que todo esté tan preparado lo cierto es que el momento en el que uno se asoma al descomunal precipicio sigue quedándose sin aliento, incluso a través de la valla disuasoria que al principio nos impide asomarnos al borde mismo de la pared de piedra. Además, el acantilado sigue más allá del espacio oficial allí donde ya es posible tontear con el borde todo lo peligrosamente que se quiera.

Hay viajeros que pasean hasta el último extremo, hay muchos que se sientan cerca del borde y simplemente se mantienen allí tranquilos, meditando, escuchando las olas o lo que sea que hagan, de un tiempo a esta parte lo que supongo que se ve mucho es gente que se hace uno de esos selfis que parecen una plaga pero que, si en algún sitio podría uno entender es, precisamente, en la vertical elevación de Moher.

Doscientos metros, ocho kilómetros

Los que se pasen habitualmente por este blog saben que no me gusta llenar estos artículos de cifras de esas que, al fin y al cabo, está a disposición de todos en internet, pero hoy haré una excepción para contarles que el punto más alto de los Acantilados de Moher se eleva la friolera de 214 metros sobre el nivel del mar que los baña. No menos impresionante es saber que en el punto más bajo tiene 120 metros, lo que ya los haría bastante gigantescos.

La alta pared de piedra tiene además una longitud de cerca de ocho kilómetros que se pueden recorrer por un sendero de uno a otro extremo, siempre cerca del borde, oyendo las olas del Atlántico chocar más o menos violentamente y siempre estremecido, sin acabar de acostumbrarse a la belleza salvaje y violenta que nos rodea.

La cueva de Doolin

Si los Acantilados de Moher son algo así como el mayor espectáculo al aire libre a solo unos kilómetros encontramos un espectáculo también importante y en este caso no sólo no está al aire libre sino que está a bastantes metros bajo tierra: la cueva de Doolin.

Se trata de una caverna a la que el visitante desciende a través de unas largas escaleras, casi se arrastra por estrechos pasadizos y acaba llegando a un par de salas más amplias y, sobre todo, a un enorme espacio en cuyo centro se encuentra una descomunal estalactita –las que cuelgan del techo- que se planta en medio de la cueva como una imposible columna que, en lugar de sostener, es sostenida por el techo.

Por supuesto, y aunque les aseguro que la estalactita es impresionante, la cueva de Doolin no es una maravilla comparable a los acantilados; sin embargo, ambos comparten un punto esencial: son el resultado de milenios de ardua labor del agua, violenta y masivamente en el caso de las paredes de roca, más pausada y gota a gota en la gran estalactita, pero al cabo agua que moldea la piedra.

Y tras esos miles de años formándose ahí están los dos, los acantilados y la cueva, a unos pocos kilómetros unos de otros y esperando nuestra visita. Imposible decir que no, ¿no creen?

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