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¿Qué queda en Acre de San Juan de Acre?

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Siglos atrás, muchos siglos atrás, todos los Europeos que visitaban Tierra Santa pasaban por un gran puerto al norte de lo que hoy es Israel. Se llamaba San Juan de Acre: sus grandes murallas junto a la costa debían ser lo primero que la mayoría vería de ese pequeño pedazo del mundo al que unos iban a peregrinar, otros a guerrear y muchos a una mezcla de ambas cosas que hoy en día se nos puede hacer extraña, pero entonces no dejaba de tener su lógica.

También fueron esas murallas lo último que debieron ver, si es que vieron algo, los cruzados, los monjes y los nobles que acabaron perdiendo esa Tierra Santa ante el empuje de los mamelucos, ya que Acre –que es como se la conoce hoy en día perdida la santidad- fue el núcleo final de esos reinos cristianos que nacieron con las Cruzadas y murieron poco tiempo después.

En mi último –por ahora- viaje a Israel tenía un par de empeños un poco ridículos pero especiales y creo que comprensibles: conocer el Monte Carmelo y el río Jordán. Cumplido el segundo cuando visité los altos del Golán, el último día dirigí mi coche de alquiler al norte con la intención de ver y tocar la montaña que me da nombre y, una vez en Haifa, quise acercarme a esa ciudad de cruzados que, como tantos sitios en ese rincón del mundo, está tan llena de historia que no parece tener presente.

Del mercado a la muralla

Pero sí lo tiene, por supuesto: es una ciudad pequeña, turística y de población mayoritariamente árabe, lo que no deja de ser un contraste con ese pasado de estandarte de la cristiandad, pero que creo que también le da un cierto interés extra, un punto exótico que se ve, por ejemplo, en el mercado que encuentro nada más llegar a la parte vieja: un bazar de callejones estrechos y retorcidos y también de puestos que se abren a la calle como soportales, ocupados por restaurantes baratos en los que probar las delicias de la comida rápida local.

El mercado y sus callejuelas son, además, la mejor forma de adentrarse en ese Acre antiguo, un poco descuidado, algo sucio pero lleno de encanto y de imponentes monumentos. Quizá el más llamativo las murallas, con muchos tramos excelentemente conservados que se levantan junto al mar, el mismo mediterráneo que baña nuestras playas, pero literalmente en el otro extremo.

Torres a las que se puede subir, almenas por las que se puede pasear y siempre con el sonido, el olor y la vista del mar junto a nosotros. Tan cerca del agua que, de hecho, un grupo de adolescentes se divierte saltando de lo alto de la pared de piedra hasta el mar, no sé si por el simple placer cargado de adrenalina que les da el salto desde bastantes metros de altura, o si por impresionar a las chicas que están pendientes del gimnástico esfuerzo o, lo que sería algo más triste, por sacar unas monedas a los turistas.

Del Hospital al Caravasar

Desde cerca del mar nace una de las principales atracciones que Acre ofrece al viajero que, como yo, está deseando acercarse a la historia: el Túnel de los Templarios, una curiosa infraestructura descubierta hace un par de décadas y que hoy se puede recorrer por completo.

Lleva desde el puerto a la fortaleza de los Templarios y tiene unos 350 metros, en varios puntos de ese recorrido se ven unos pequeños montajes audiovisuales que son bastante interesantes, aunque resulte extraña esa modernidad en el angosto pasaje de casi un milenio de antigüedad.

Pero quizá lo más impactante que encontramos hoy en día del pasado cruzado de la ciudad, 700 años después que no son pocos, es el cuartel-hospital de la orden de los Hospitalarios, que era la gigantesca infraestructura en la que se recibía a los peregrinos y se les curaba, si era el caso que solía serlo, tras el durísimo viaje.

La inmensa estructura está llena de salas que en su tiempo tenía cada una asignada su función y se pueden recorrer muchas de ellas. Lleva un tiempo en un ambicioso programa de restauración y no sabemos si es por eso o porque Acre es así, las obras aquí y allá le dan un aspecto un poco descuidado, pero ni aún así pierde su grandeza y su capacidad para impresionarnos.

Lo mismo le pasa a otro edificio cercano –bueno, en realidad todo está bastante cerca en la ciudad vieja de Acre- llamado Khan al-Umdan, un caravasar que es el mayor de Israel. Los caravasares eran grandes establecimientos destinados a que las caravanas tueviesen lugares de resguardo y descanso tanto para hombres como para animales. El de Acre es, como muchos de los que se conservan, del periodo otomano y es casi seis siglos posterior a la epoca de los cruzados.

Sin embargo, el gran y hermoso edificio –el patio especialmente es impresionante- no resulta ni mucho menos extraño a nuestros ojos hechos a la parte más antigua de la ciudad, sino que al contrario se integra y la enriquece, incluso a pesar de que también sufre de cierto abandono sucio, como buena parte de Acre.

Una ciudad cuya parte monumental parece no acabar nunca: museos, mezquitas, sinagogas… hay mucho que ver en Acre, nos llegue o no de la época de las Cruzadas. Eso sí, lo que no ha debido de cambiar mucho son las espléndidas puestas de sol que se pueden disfrutar desde una parte de la muralla, excepcionalmente bien conservada, que mira al mar mediterráneo y al oeste.

A un oeste al que seguro que miraban también los soldados que defendían esas mismas murallas, hace ya más de 800 años, quién sabe si añorando una casa a muchos meses de distancia, allá donde termina ese mar que se tiñe de vivos colores frente a nosotros y que desde la pequeña y fascinante Acre parece que es infinito.

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