
En un Gobierno en el que nadie asume culpas en ningún caso (salvo los olvidados Maxim Huerta y Carmen Montón) lo que está pasando en Ceuta probablemente siga sin tener consecuencias aunque desde el propio Ejecutivo se destapen las mentiras, mediante una incomprensible publicación de las alertas del CNI y la carta de despedida de uno de los chivos expiatorios, el jefe de gabinete de la Delegación en Ceuta. Las elecciones serán en 2027, si Sánchez dijo en esto la verdad en su entrevista en TVE y él será el candidato, pese a este último capítulo y los previsibles titulares judiciales que le esperan en este curso. Pero sí sorprende en esta nueva crisis, la más grave de todas las de esta legislatura, la falta de reflejos de un gobierno tan acostumbrado a "construir relatos" y pastorear titulares.
La especie de harakiri del miércoles con los documentos desclasificados quizás responda a que el Gobierno confiaba en que hubiera calado el machaconamente repetido mensaje de que no hubo avisos de un asalto de "esa magnitud". De que los whatsapps y llamadas de agentes del CNI encajarían de algún modo en la manida versión de que era algo "imprevisible", en la estela de todos los desastres con los que han lidiado en esta legislatura que siguen sin culpables. Avisos difusos, insuficientes, en suma, para actuar.
Pero la línea entre lo imprevisible y lo que se pudo prevenir no estaba tan definida en el cerebro de los españoles, tampoco entre sus más afines, en medio de imágenes y testimonios absolutamente incompatibles con las declaraciones sobre "normalidad" e inseguridad subjetiva. Y la tarde del miércoles acabó convertida en un desastre más, con titulares unánimes, un inédito comunicado del CNI aireado por Moncloa desdiciéndose de lo que estaba en las portadas y un tuit a deshoras de Pedro Sánchez. Un llamativo tropezón que sugiere guerras soterradas más agudas de lo que se creía y que apunta a un gobierno en estado de shock por mucho que quiera (y que probablemente logre) aguantar la legislatura. Algo chocante en un Ejecutivo que si en algo ha destacado en estos años es por el aplomo, este sí inédito, en fabricar relatos para encubrir mentiras y camuflar la ineptitud. Un ejemplo muy reciente: la rectificación nuclear en pleno agosto en un debate en el que el Gobierno se había empleado a fondo defendiendo una postura que no entendían ni los suyos. Aunque el mismo día en que se publicó en el BOE la prórroga de Almaraz nadie salió a dar la cara, desde el Gobierno sí filtraron sus razones sosteniendo entre otras cosas que nada había cambiado y habría cierre de todas las centrales en 2035 (algo que nadie ve posible tras esta medida) y que el Ejecutivo había cumplido su palabra, evocando los argumentos que Sánchez se sacó de la chistera cuando el apagón hizo prácticamente inviable que se apagara en la fecha prevista la central extremeña. Esta misma semana Sara Aagesen se lo explicó así a los diputados en el Congreso, donde tantas veces había defendido lo contrario.
Ese aplomo, ese cuajo que es rasgo esencial del sanchismo, es el que ahora se tambalea, por primera vez con esta intensidad: algo se hunde aunque Sánchez repita con un rictus un poco más crispado que aguantará.