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EDITORIAL

Los obispos de la CUP

Sólo una Iglesia corrompida en lo intelectual y enemiga frontal del verdadero mandato católico puede tolerar sin inmutarse espectáculos tan lamentables como el protagonizado por los obispos separatistas.

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El activismo de los prelados de Cataluña y el País Vasco en defensa de las tesis separatistas ha sido una constante en las últimas décadas, para vergüenza de todos los católicos. Ahora, los integrantes de la Conferencia Episcopal Tarraconense, que agrupa a todos obispos catalanes, han dado a conocer un documento en el que asumen las principales tesis del secesionismo y afirman sentirse "herederos de la larga tradición" de sus predecesores.

Los obispos de Cataluña quieren que "sean escuchadas las legítimas aspiraciones del pueblo catalán (sic)", concepto excluyente en el que solo caben los partidarios de separarse de España y que niega su condición al pueblo español. En consonancia con el absurdo victimismo de los nacionalistas, los prelados catalanes añaden que se debe consultar al pueblo "para que sea estimada y valorada su singularidad nacional, especialmente su lengua propia y su cultura". Como era de esperar, el presidente de la Generalidad, el golpista Carles Puigdemont, ha agradecido públicamente este respaldo de la Iglesia a su campaña para romper la legalidad española y dar carta de naturaleza a su proyecto liberticida.

Así pues, los obispos se muestran preocupados por la lengua y cultura catalanas, que gozan de todos los privilegios habidos y por haber –a menudo, a costa de la legalidad–, pero no dedican una sola línea a compadecerse de aquellos fieles católicos cuyos hijos no pueden recibir la educación básica en castellano, y que son sometidos a un acoso tremebundo cuando cometen la temeridad de reivindicar sus más elementales derechos. Apelan también al diálogo, tal y como propone con insistencia el papa Francisco, cuya autoridad invocan para traicionar a sus fieles. Sin embargo, olvidan intencionadamente estas palabras de Juan Pablo II, un papa cuya santidad ha sido proclamada por la misma Iglesia a la que todos ellos pertenecen:

La historia ha demostrado que desde el nacionalismo se pasa rápidamente al totalitarismo y que, cuando los Estados ya no son iguales, las personas terminan por no serlo tampoco. De esta manera, se anula la solidaridad natural entre los pueblos, se pervierte el sentido de las proporciones y se desprecia el principio de la unidad del género humano.

La Iglesia católica no podría aceptar semejante visión de las cosas. Universal por naturaleza, está al servicio de todos y jamás se identifica con una comunidad nacional particular. Ésta es la razón por la que, siempre que el cristianismo (...) se convierte en el instrumento de un nacionalismo, queda herido en su mismo corazón y se torna estéril.

En lugar de defender la vocación católica –es decir, universal– de la Iglesia, los obispos catalanes prefieren actuar como ariete de una ideología liberticida y, sobre todo, contraria a los valores evangélicos de igualdad y solidaridad. Entre los fieles que defienden la libertad y los enemigos de la Iglesia que realizan campañas sacrílegas y abogan por su destrucción, los obispos catalanes prefieren alienarse con los segundos, porque, en última instancia, están en el mismo negocio.

Sólo una Iglesia corrompida en lo intelectual y enemiga frontal del verdadero mandato católico puede tolerar sin inmutarse espectáculos tan lamentables como el protagonizado por los obispos separatistas españoles. No es de extrañar el desfondamiento del catolicismo en Cataluña, donde las iglesias están ya vacías prácticamente en su totalidad. En unos años, los prelados de la Conferencia Episcopal Tarraconense podrán firmar otra exhortación poniendo los recintos sagrados a disposición de la CUP para sus actividades grupales, soldando así definitivamente su compromiso evangélico con "las legítimas aspiraciones" de los que ya han consagrado como el único y verdadero pueblo catalán.

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