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Cataluña no es España

Los catalanistas nunca han hurtado menos del cuatro por ciento del presupuesto en las obras públicas, predica el locuaz Millet. Eso sí, en todos los casos el dinero fue a parar –perjura– al extinto Torrent, que en paz descanse. Carpe Diem.

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Como bien saben los advertidos, Cataluña no es España: es Sicilia. De ahí que, tras la butifarra con mongetes, el genuino hecho diferencial de Casa Nostra resulte ser la muy inquietante tasa de decesos entre los jefes de finanzas de los partidos. Y es que, contra lo que prevén todas las leyes de la estadística, empezando por la campana de Gauss, expiran con frecuencia algo más que inusitada. Arcanos que nadie alcanza a descifrar llevan a esos señores del maletín, igual en Unió y Convergència que en el PSC, a sufrir una esperanza de vida menor que la de los aborígenes de las más remotas tribus selváticas de África y Oceanía.

Así, Carles Navarro, el difunto gerente de Filesa, víctima fatal que fuera de un infarto. O el director general de Turismo durante la hégira de Pujol, cierto Enric Grass, fallecido al súbito modo tras declarar en los juzgados por el desfalco de su superior y allegado Joan Cogull, quien poco antes apareciera suicidado en un hotel de Manila. O Josep Górriz, también dirigente de Unió, también implicado en el caso Turismo, y también traspasado como los anteriores: de repente. O el socialista Iñaki Guerrero, un joven de apenas treinta años aunque ya avalado por un vasto currículum en el ambiente de las grandes contratas, otro perjudicado por un fulminante ataque cardiaco que lo llevaría con premura inopinada a la tumba.

O un efímero Joan Martín Toribio, democristiano de delicado corazón que fue perito en coimas de hasta el veinte por ciento antes de pasar a mejor vida. O el finado administrador de los cuartos de Convergència, Carles Torrent, repentino protagonista post mortem de la penúltima mordida de la temporada, el celebérrimo caso Millet. Pues, recuperada la memoria con milagrosa celeridad tras su ingreso en prisión, nuestro patricio acaba de dejar en mal lugar ante la Historia a Pasqual Maragall. Lejos de vagas especulaciones, con los números de encima de la mesa, el patriota Millet sostiene ahora que lo del tres por ciento era falso de toda falsedad. Los catalanistas nunca han hurtado menos del cuatro por ciento del presupuesto en las obras públicas, predica el locuaz Millet. Eso sí, en todos los casos el dinero fue a parar –perjura– al extinto Torrent, que en paz descanse. Carpe Diem.

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