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José García Domínguez

El búnker catalán

La Cataluña contemporánea cada vez es más un reflejo mimético de Bélgica.

José García Domínguez
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Repetir las elecciones solo supondría otra pérdida más de tiempo. Pero eso, perder el tiempo, se ha convertido en la gran especialidad colectiva de los catalanes de veinte años a esta parte. De ahí que no se pueda descartar nada a estas horas. En el resto de España, los electores optan entre distintas propuestas ideológicas, pero en Cataluña la disyuntiva nunca contrapone programas políticos sino lealtades tribales. Por eso da exactamente igual la incompetencia manifiesta de los gobernantes o su muy contrastado gusto por el engaño. Eso no tiene importancia alguna. Puigdemont y Junqueras pueden haber incurrido en todas las necedades imaginables, en todas, pero su gente les seguirá votando como si nada. Son independentistas como son del Barça: por una cuestión a partes iguales de sentimientos y vísceras, un búnker emocional donde la razón tiene estrictamente vetada la entrada. Si se repiten los comicios, pues, volverá a ocurrir lo de siempre.

Los independentistas, con la pandemia ya prácticamente extinguida, irán a votar disciplinadamente a los suyos. Y los españolistas también volverán a conducirse como suelen, así que se abstendrán de forma estadísticamente significativa. Por lo demás, también el resultado, escaño arriba, escaño abajo, será el de siempre. ¿Para qué, entonces, perder el tiempo? Bueno, quizá porque es costumbre. La Cataluña contemporánea cada vez es más un reflejo mimético de Bélgica. También nosotros somos dos países distintos, que hablan idiomas distintos y que comparten un mismo (mini) Estado. Como en Bélgica, existen tres zonas claramente diferenciadas. Allí, la de los valones y la de los flamencos, amén de Bruselas, único territorio cosmopolita y de mezcla que existe en el país. Aquí, Barcelona es nuestra Bruselas. Luego está la franja costera de Tabarnia, que llega hasta Valencia. Y después, la Cataluña interior, estrictamente monolingüe, indígena e indigenista, ya desconectada de todo cuanto suene a España desde hace lustros. Somos como dos gotas de agua. ¿Es factible en esos contextos de comunidades enfrentadas y guerra cultural latente la existencia de Gobiernos mixtos, con representantes de los dos bloques? En Bélgica, y ahora mismo, hay un Ejecutivo de ese tipo. Y, más pronto que tarde, en Cataluña ocurrirá igual. Eso o ir repitiendo elecciones hasta el infinito mientras Puigdemont siga ahí.

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