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Bienvenidos a la libertad

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Si hay alguien cuya imagen está saliendo engrandecida de la presente situación de crisis, ése es, sin duda ninguna, el pueblo español. Resulta llamativa la tranquilidad con la que ha afrontado el cada vez más patente desmoronamiento del actual régimen. Mientras que la Casta política que ha gobernado (y destrozado) este país en los últimos años manotea espasmódicamente, sin entender aún del todo las consecuencias de lo que se está viviendo, el ambiente general en la calle es más de expectación y esperanza, que de preocupación. No sabemos aún a dónde vamos, pero sí que nos hemos dado cuenta, de repente, de que existe la posibilidad de cambiar las cosas. Y de que somos capaces de cambiarlas a mejor.

Resultan especialmente significativas las encuestas y las manifestaciones en torno a la continuidad de la Monarquía. A pesar del descrédito en que esa Monarquía se había sumido en los últimos años, a pesar de los errores del Rey, a pesar del caso Urdangarín, a pesar del evidente anacronismo de la institución... a pesar de todo eso, los que han tratado de desviar la atención sobre nuestros problemas, abriendo ahora el debate entre Monarquía y República, no han conseguido reunir ayer más que a unos pocos miles de personas en las manifestaciones republicanas convocadas en toda España. Y las encuestas realizadas por medios como El País o La Sexta reflejan que los españoles que prefieren la Monarquía superan a los que optarían por la República en una proporción aproximada de 3 a 2. Los españoles no están por los experimentos, ni por la retórica hueca. Ni por perder en chorraditas un tiempo que necesitan dedicar a resolver problemas verdaderamente importantes.

Como también resulta llamativa la encuesta postelectoral realizada por Metroscopia, en la que 2 de cada 3 encuestados ven como algo positivo que el desplome del PP y del PSOE se repita en las próximas elecciones generales, y que nuevos partidos entren en el Parlamento para dinamizar la vida política. En las pasadas elecciones europeas no se ha castigado a tal o cual partido, sino que se he planteado una auténtica enmienda a la totalidad de un sistema que hace agua por todas partes.

La fiesta se ha acabado. Hemos llegado a un fin de ciclo. El pasado 25-M, como en el final de la obra El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, los españoles recibieron de pronto "la buena nueva de que el tiempo incontable de la eternidad había por fin terminado". Lo que parecía un muro infranqueable, lo que se presentaba como una situación perpetua de bloqueo político e institucional... de repente se ha desmoronado. Los electores han comprendido que cada voto cuenta mucho más de lo que se pensaban, y que no tienen por qué soportar de sus gobernantes ningún desplante, ni ningún desprecio, ni ningún desafuero, ni ninguna corrupción, ni ninguna incompetencia.

El cambio está en marcha y es imparable. Pero además, esa constatación, la de que tenemos el poder en nuestras manos, se ha realizado de forma serena, con más sorpresa que excitación, con más ilusión que pasión, como quien logra por fin cancelar un crédito que le ha tenido agobiado los últimos años. Nos hemos quitado un peso de encima y de repente empezamos a respirar. No sabemos aún lo que haremos, pero sí que sabemos que las cosas van a ser más fáciles a partir de ahora.

Y tampoco vamos a dedicar demasiado tiempo a pensar en esa hipoteca de la que nos acabamos de librar. Tenemos demasiadas cosas que hacer, demasiado que reconstruir, como para perder el tiempo mirando hacia el pasado. Lo hemos pasado mal, y lo seguiremos pasando mal aún durante un tiempo. Pero hemos vivido y hemos sobrevivido. Como en El otoño del patriarca, lo hemos hecho en "este lado de pobres donde estaba el reguero de hojas amarillas de nuestros incontables años de infortunio y nuestros instantes inasibles de felicidad, donde el amor estaba contaminado por los gérmenes de la muerte, pero era todo el amor, mi general".

Me contaba mi tío, que vivió la posguerra en Alemania, cómo las casas derrumbadas por los bombardeos tenían carteles que decían: "Si pasa usted por el vertedero, llévese un cascote". Y la gente cargaba con algún escombro, camino de su trabajo, y lo tiraba al pasar por el vertedero. Por aprovechar el viaje, por poner su cotidiano granito de arena para reconstruir aquel país devastado.

No son los bombardeos lo que ha devastado este país, sino la codicia, la mezquindad y la incompetencia de una clase política, empresarial y mediática, que ha antepuesto siempre su propio interés al de España y de los españoles. Ahora toca reconstruir. Y toca hacerlo sin ellos. Porque no queremos que contaminen otra vez con sus falsos problemas, con sus mentiras, con sus intereses creados... un país que tantas cosas buenas tiene. Ahora toca tirar los cascotes en el vertedero. Y levantar de nuevo esta Nación entre todos.

Creíamos que nada cambiaba nunca en España, y de repente hemos comprobado que podemos cambiarlo todo. Y que podemos hacer ese cambio tranquilo sin tutelas y sin ataduras.

Bueno, pues manos a la obra. Bienvenidos a la libertad.

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