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Elogio de la anarquía

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Todo el mundo suele citar el carácter anárquico e indisciplinado de los españoles como uno de nuestros principales defectos de carácter. Y sin embargo, esa tentación anárquica constituye, a la vez, una de nuestras grandes virtudes, porque nos proporciona una capacidad de resistencia de la que otras naciones carecen.

Uno de los aspectos más curiosos de la Guerra de la Independencia es, precisamente, el que se refiere al valor estratégico de esa anarquía que, en condiciones normales, siempre se considera una desventaja o un defecto. La iniciada en 1808 fue la primera guerra de guerrillas de la época moderna, y supuso la derrota del mejor ejército de la época a manos de un pueblo dispuesto a resistir, anárquicamente, más allá de toda razón.

Cuando las tropas francesas entran en España en 1808, estaban acostumbradas a hacer la guerra según unas normas que dictaban algo que parece de mero sentido común: para conquistar una nación, basta con que su capital caiga y el gobernante de turno acepte la derrota. Así había sucedido en los restantes países europeos que Napoleón había sometido. Pero la entrada en España significó para el emperador francés tropezarse con una realidad completamente inesperada, porque la capital del Reino cayó, en efecto, en poder de los franceses, y tanto el Rey Carlos IV como su hijo Fernando VII abdicaron de sus derechos dinásticos en favor de Napoleón. Y buena parte de la nobleza, de la jerarquía eclesiástica, de la intelectualidad y del resto de las fuerzas vivas del país aceptaron sin resistencia el nuevo gobierno "legítimo" otorgado por Napoleón y que el propio Fernando VII había acatado.

Sin embargo, fue el pueblo español el que decidió no acatar, en contra de la opinión de sus propios dirigentes, lo que veía como un gobierno impuesto de forma ilegal y violenta. Y personas de todas las clases sociales "se echaron al monte" e iniciaron una revuelta popular que hizo que en España se eclipsara la gloria militar del emperador francés. Porque aquella revuelta cambió la regla no escrita e hizo imposible la victoria napoleónica: ¿cómo conquistar una nación que sigue luchando una vez destituido su rey, una vez conquistada su capital? ¿En qué consiste el acto de la "conquista" si el "conquistado" se niega a reconocer la derrota?

A partir de aquel momento, y durante todo el tiempo que la guerra duró, los franceses sólo fueron dueños del terreno que pisaban, porque en cuanto las tropas abandonaban un pueblo, la guerrilla volvía a hacer acto de presencia, impidiendo las comunicaciones, atacando los puestos de vigilancia y los correos franceses, y vengando cada atrocidad francesa con actos no menos atroces sobre unos soldados imperiales cada vez más desconcertados y más desmoralizados. No fueron los guerrilleros los que ganaron la guerra a Napoleón, pero resultaron cruciales para que al final pudiera ganarla un ejército hispano-inglés muy inferior en número al de los franceses.

Así pues, fue precisamente la desestructuración de la sociedad, la anarquía existente, lo que se convirtió en la principal fortaleza a la hora de evitar la caída de la Nación. Esa "desconexión" entre gobernantes y gobernados, tan nefasta en cualquier otra circunstancia, resultó crucial para garantizar una resistencia perpetua: ninguna presión, ninguna represalia, ningún acto de violencia sobre la clase dirigente, ni a nivel nacional ni local, podía evitar que el pueblo siguiera resistiendo. Esos actos de violencia tan sólo exacerbaban la resistencia todavía más. Porque los españoles resistían no porque se lo ordenara ningún gobernante, sino por voluntad propia, más allá de toda esperanza y de toda lógica.

Para resistir, ni siquiera era condición necesaria la creencia en una victoria final. Resistían tan sólo porque no estaban dispuestos a vivir en un país gobernado por los franceses, lo que implicaba terminar echándoles o morir en el intento. No luchaban para ganar: luchaban, simplemente, porque no tenían otro remedio: habían perdido su independencia y no merecía la pena vivir sin ella.

Miren ustedes ahora a su alrededor y observen cómo, de nuevo, es nuestro carácter anárquico el que está consiguiendo que España todavía resista, pese a todo lo sucedido en estos últimos años. Desde el 11-M, todos los esfuerzos del régimen se han dirigido a tratar de vencer cualquier conato de resistencia ante los aparentemente imparables planes de confederalización de España.

El ejército político, mediático y financiero del régimen, con toda la potencia de fuego que le dan los boletines oficiales, se ha aplicado con rigor y crueldad a la tarea de machacar cualquier posición en que los resistentes osaran atrincherarse. No se ha vacilado en emplear todas las armas posibles para neutralizar a cualquier organización o persona molesta.

Y sin embargo, la negativa a aceptar la derrota por parte de una panda de guerrilleros ideológicos desharrapados, ha dado al traste con cualquier intento de consolidar la ocupación. Cuando se ha neutralizado una asociación de víctimas que molestaba, automáticamente se ha creado otra para tomar el relevo. Cuando se ha echado de un medio a un locutor por el procedimiento de convencer a sus jefes para que lo echen, ese locutor ha montado una nueva radio desde la que seguir ejerciendo. Cuando se ha neutralizado al principal partido de la derecha y se ha logrado que se sume al golpe de régimen, han surgido otros tres partidos dispuestos a enarbolar la bandera de la regeneración.

En el campo de las redes de ordenadores y de comunicaciones, los militares saben que las redes jerarquizadas son extremadamente vulnerables: basta atacar la cabeza, basta destruir el nodo central, para que toda la red colapse. Por el contrario, las redes redundantes, distribuidas y no jerárquicas, presentan una capacidad de resistencia y adaptación que las hace mucho más resistentes. Es lo que se denomina resiliencia.

Pues bien, es nuestra anarquía, nuestra falta de disciplina, lo que nos garantiza la resiliencia. Porque esa anarquía de los españoles se plasma, básicamente, en una actitud: la negativa a aceptar que quien te dirige se rinda en tu nombre. En esas condiciones, conquistar a una Nación es imposible sin rendir a cada una de las personas que la componen. Y, afortunadamente, somos demasiados los que amamos la libertad y la democracia, como para dejar que unos usurpadores destruyan la Nación más antigua de Europa.

Esta semana, otro periodista molesto ha sido desalojado por el ejército imperial de las posiciones que ocupaba. Pero permítanme las huestes napoleónicas que les diga que tampoco esta vez les va a servir de nada.

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