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Elogio de la anarquía

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(Hoy me he permitido rescatar este texto que escribí hace ya unos cuantos años)

Albert de la Rocca fue un oficial del segundo regimiento de húsares francés que combatió contra los españoles en la Guerra de la Independencia. Dejó escritas sus impresiones sobre aquella contienda en un libro cuya versión española, publicada en Madrid en 1816, lleva por título "Memorias sobre la guerra de los franceses en España".

Una de las cosas que más llaman la atención a ese cronista es la extrema crueldad de la lucha, debido a que cada atrocidad del invasor era respondida con atrocidades no menores sobre los soldados franceses y sobre los acusados de colaboracionismo.

El otro aspecto que destaca es la sorprendente imposibilidad de la victoria francesa, ante la negativa de los españoles a aceptar el camino de rendición emprendido por las fuerzas vivas del país:

"...los pueblos de las provincias españolas manifestaban generalmente, aún en los momentos en que ganábamos más batallas, una incredulidad invencible sobre nuestros éxitos; ningún español aveníase a confesar que España estuviese vencida; y este sentimiento, que estaba en el alma de todos, era el que hacía invencible a la nación, a pesar de tantas pérdidas y de las derrotas frecuentes de sus ejércitos".

Otro cronista de la época, pero de origen inglés, Joseph Sherer (citado, como el anterior, en la obra "Como lobos hambrientos. Los guerrilleros en la Guerra de la Independencia", de Fernando Martínez Laínez), describe de manera más trágica y menos épica el espíritu que animaba realmente a los guerrilleros españoles. Un espíritu que nada tenía de inconsciencia temeraria y que no estaba forjado sólo de un abstracto amor a la patria, sino que estaba permeado del resignado fatalismo de quien sabe que nada tiene ya que perder.

Cuenta Sherer cómo conoció cerca de Pamplona a un guerrillero aragonés y las palabras que éste le contestó al preguntarle el inglés dónde vivía y con quien servía:

"Señor, no tengo casa ni familiares, sólo tengo mi país y mi espada. En mi pueblo natal, mi padre fue sacado a la plaza del mercado y fusilado; nuestra casa fue incendiada; mi madre murió de pena; y mi mujer, que había sido violada por el enemigo, acudió a mí, que estaba entonces de voluntario con Palafox, y murió en mis brazos en un hospital de Zaragoza.

No sirvo bajo ningún jefe concreto: soy demasiado desgraciado, me siento demasiado vengativo, para soportar las obligaciones de la disciplina y la espera de la actividad... Pero he jurado no cuidar de una vid ni labrar un campo hasta que el enemigo no haya sido expulsado de España".

Uno de los aspectos más curiosos de la Guerra de la Independencia es el que se refiere al valor estratégico de algo que, en condiciones normales, siempre se considera una desventaja o un defecto: la anarquía. La iniciada en 1808 fue la primera guerra de guerrillas de la época moderna, y supuso la derrota del mejor ejército de la época a manos de un pueblo dispuesto a resistir, anárquicamente, más allá de toda razón.

Cuando las tropas francesas entran en España en 1808, estaban acostumbradas a hacer la guerra según unas normas que dictaban algo que parece de mero sentido común: para conquistar una nación, basta con que su capital caiga y el gobernante de turno acepte la derrota. Así había sucedido en los restantes países europeos que Napoleón había sometido. La entrada en España significó para el emperador francés tropezarse con una realidad completamente inesperada, porque la capital del Reino cayó, en efecto, en poder de los franceses, y tanto el Rey Carlos IV como su hijo Fernando VII abdicaron de sus derechos dinásticos en favor de Napoleón; y buena parte de la nobleza, de la jerarquía eclesiástica, de la intelectualidad y del resto de las fuerzas vivas del país aceptaron el nuevo gobierno "legítimo" otorgado por Napoleón y que el propio Fernando VII había acatado.

Sin embargo, fue el pueblo español el que decidió no acatar, en contra de la opinión de sus propios dirigentes, lo que veía como un gobierno impuesto de forma ilegal y violenta. Y personas de todas las clases sociales "se echaron al monte" e iniciaron una revuelta popular que hizo que en España se eclipsara la gloria militar del emperador francés. Porque aquella revuelta cambió la regla no escrita e hizo imposible la victoria napoleónica: ¿cómo conquistar una nación que sigue luchando una vez destituido su rey, una vez conquistada su capital? ¿En qué consiste el acto de la "conquista" si el "conquistado" se niega a reconocer la derrota?

A partir de aquel momento, y durante todo el tiempo que la guerra duró, los franceses sólo fueron dueños del terreno que pisaban, porque en cuanto las tropas abandonaban un pueblo, la guerrilla volvía a hacer acto de presencia, impidiendo las comunicaciones, atacando los puestos de vigilancia y los correos franceses y vengando cada atrocidad francesa con actos no menos atroces sobre unos soldados imperiales cada vez más desconcertados y más desmoralizados. No fueron los guerrilleros los que ganaron la guerra a Napoleón, pero resultaron cruciales para que al final pudiera ganarla un ejército hispano-inglés muy inferior en número al de los franceses.

Resulta paradójico que fuera, precisamente, la desestructuración de la sociedad, la anarquía existente, lo que se convirtió en la principal fortaleza a la hora de evitar la caída de la Nación. Esa "desconexión" entre gobernantes y gobernados, tan nefasta en cualquier otra circunstancia, resultó crucial para garantizar una resistencia perpetua: ninguna presión, ninguna represalia, ningún acto de violencia sobre la clase dirigente, ni a nivel nacional ni local, podía evitar que el pueblo siguiera resistiendo. Esos actos de violencia tan sólo exacerbaban la resistencia todavía más. Porque los españoles resistían no porque se lo ordenara ningún gobernante, sino por voluntad propia, más allá de toda esperanza y de toda lógica, como tan bien expresaba ese guerrillero aragonés que retrata Sherer.

Para resistir, ni siquiera era condición necesaria la creencia en una victoria final. Resistían tan sólo porque no estaban dispuestos a vivir en un país gobernado por los franceses, lo que implicaba terminar echándoles o morir en el intento. No luchaban para ganar: luchaban, simplemente, porque no tenían otro remedio: habían perdido su independencia y no merecía la pena vivir sin ella.

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