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Las pequeñas decisiones

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Si Enrique Granados hubiera rechazado la invitación del presidente americano, no habría terminado ahogándose en el mar.

Había salido de Barcelona en noviembre de 1915 hacia Nueva York, donde el 16 de enero debía tener lugar el estreno mundial de su ópera Goyescas. Allí, en la que por aquel entonces comenzaba ya a ser la ciudad de los rascacielos, todo fue un ir y venir de una recepción a otra, porque nadie en la alta sociedad neoyorquina quería privarse de conocer a aquel extraordinario y famosísimo compositor.

El día del estreno de la ópera fue un éxito apoteósico. Granados se encontraba en la cima de su carrera y era consciente de ello. Hasta tal punto creció su popularidad, que el propio presidente americano Woodrow Wilson le invitó a dar un concierto en la Casa Blanca el 7 de marzo.

Granados tenía previsto volver a España al día siguiente, 8 de marzo, en un barco de bandera española, así que su primer impulso fue rechazar aquella invitación, pero su mujer Amparo le convenció de que no sería apropiado desairar al presidente, de modo que retrasaron su viaje tres días.

La primera parte del viaje, hasta Inglaterra, la hicieron sin incidentes, pero al atravesar el Canal de la Mancha en un vapor de bandera francesa, fueron torpedeados por un submarino alemán. Murieron 80 personas, entre ellas Granados y su mujer. El compositor español tenía, en el momento de su muerte, 48 años.

¿Qué habría pasado si Granados hubiera decidido no tocar en la Casa Blanca para el presidente americano? Pues que sus seis hijos no habrían quedado huérfanos. Y que la Historia de la Música española habría sido algo distinta: Granados, que ya había alcanzado la madurez musical, habría vivido más que su amigo Albéniz, muerto también con 48 años, y nos habría regalado, quizá, un par de décadas más de composiciones maravillosas.

La vida está llena de esos pequeños giros casuales, en los que una decisión aparentemente trivial conduce a la tragedia, o a la salvación: personas que pasan por el lugar equivocado en el momento de derrumbarse un edificio, gente que pierde su vuelo y escapa por ello a un accidente aéreo... Es algo habitual.

Pero la muerte de Granados ilustra un aspecto importante: si bien las pequeñas decisiones siempre tienen consecuencias, esas consecuencias se amplifican cuando se atraviesan situaciones de crisis, en las que el riesgo aumenta con carácter general: de no haber estado Europa en guerra, ¿la decisión de Granados de retrasar su vuelta a España le habría conducido a la muerte? Muy probablemente no.

¿Qué va a pasar en España en los próximos meses? Pues que vamos a vivir una crisis en la que terminarán de resolverse todas las contradicciones de este régimen que sufre sus últimos estertores. No será una crisis bélica, pero sí que afectará profundamente a las estructuras políticas del país. Los intentos de confederalizar España han fracasado, pero quienes los protagonizan tendrán la tentación de huir hacia adelante de todos modos. Y es en ese contexto en el que cada pequeña decisión individual de cada político, de cada empresario, de cada periodista, de cada persona concreta interesada en la política... va a tener consecuencias de un alcance mucho mayor del que normalmente tendría.

Así que todo el mundo va a tener que hilar muy fino de aquí a noviembre, sobre todo para impedir que algunos se dejen llevar por la tentación de arrastrar al sistema en su caída. Porque una cosa es el régimen de corrupción e impunidad en que unos egoístas inconscientes nos han sumido, y otra cosa bien distinta es el sistema de libertades que tanto trabajo ha costado componer. Ese sistema de libertades debe ser preservado. Parafraseando de modo constructivo a El Gatopardo, es preciso que todo lo malo cambie para que todo lo bueno siga igual.

Hay que aprovechar estos meses futuros de crisis para hacer limpieza de todo lo que nos sobra. Ya la hemos empezado a hacer. Pero debemos ser conscientes de que habrá que manejar con tino el bisturí, porque cada pequeña cosa que hagamos tendrá unas consecuencias mucho mayores de lo que nos imaginamos. No solo para nosotros, sino también para terceros.

Ante todo, mucha calma, se titulaba aquel disco de Siniestro Total. Eso es lo que nos va a hacer falta en los próximos meses: calma para analizar las cosas con la frialdad suficiente, viendo qué papel desempeña cada una en el guión. Pero tenemos una ventaja, de cara a poder hacerlo, y es que el tiempo juega a favor de quienes queremos una España de ciudadanos libres e iguales.

Los que deben estar nerviosos son otros: los que han pretendido (y casi han conseguido) acabar con España y con su sistema de libertades. El tiempo se les acaba. Y lo saben.

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