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Columna publicada el 27-08-2001
Un cincuentón funcionario policial se va de vacación a la costa con la familia. Respetable ciudadano privado, igual a tantos otros ciudadanos. Se lleva con él su arma reglamentaria. Lo que en cualquier otro ciudadano sería un delito grave es, en él, sólo rutina. Acaba por hacer uso de ella en una cochambrosa pelea de taberna. Tantos otros ciudadanos pasados de copas montan broncas que la burricie y el alcohol atizan. Pero no cargan en la sobaquera una automática. El, sí. Es Dios, por tanto. Tira de pipa. Dispara. Y un joven de 22 años –de oficio, jugador de fútbol y también en vacaciones– cae fulminado junto a la chica que lo acompaña. El de la pipa huye. Luego, acaba entregándose a sus colegas de la comisaría costera. Nada del otro mundo.
Nada del otro mundo. Las armas están para usarlas. Y el uso de una automática es matar. Cede el Estado esa función a asalariados específicos: policías y militares. ¿Puede esa cesión ir más allá de las actividades que el tal funcionario ejerce bajo uniforme y disciplina específicos? Que un policía o un militar ejerzan su trabajo dotados del armamento –propiedad del Estado– adecuado a la actividad que se les encomiende, está fuera de discusión. Que posean –por el sólo hecho de su oficio– armamento de su propiedad almacenado en casa, es infinitamente más vidrioso.
Mucho se ha criticado en España el constitucional derecho estadounidense a poseer armas de fuego. Y, sin embargo, es ese principio infinitamente menos irracional que el que permite, entre nosotros, que, en su vida privada, todo uniformado –la vida privada de un uniformado es, constitucionalmente, idéntica a la de cualquiera– disfrute del privilegio absurdo de la libre disponibilidad de armas cortas. En lo que a esa vida concierne, no hay más razón para que un policía posea revólver de la que habría para que posea el mismo artilugio un barrendero o un físico nuclear.
Un individuo privado –que en su tiempo laboral ejercía de policía– ha asesinado a tiros a un chaval –portero de fútbol en su tiempo de trabajo– cuya chica quizá envidiaba. Es normal. Las automáticas en manos privadas están para hacer eso.

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