
Nueva Orleans: la ciudad que te atrapa con su extraña mezcla de cultura y locura
Lo confieso: me enamoré de Nueva Orleans, de su tremenda locura que conocí en el momento más loco del año.

Hay ciudades cuyo mero nombre resulta especialmente evocador, ya sea porque las hemos visto en series y películas, leído libros o cómics en los que eran las protagonistas, escuchado canciones en las que se las mencionaba o se hablaba de una de sus calles… Nueva Orleans es una de ellas, sin duda, asociada casi siempre a ese mundo un tanto oscuro, lleno de criaturas de la noche tan peligrosas como fascinantes: los vampiros de Anne Rice, las almas vendidas y compradas en El corazón del Ángel, ese terrible nido de vicio de Predicador… son algunos ejemplos que me vienen a la mente.
Pero es que además de eso, la ciudad más grande de Luisiana –no la capital, que está en la mucho más pequeña pero también encantadora Baton Rouge– tiene una potencia cultural insólita y puede presumir de ser, nada más y nada menos que la cuna del estilo musical más influyente del siglo XX, el mayor punto de encuentro que han tenido lo culto y lo popular, ese sonido rápido, improvisado y rítmico que allí, precisamente allí, se dio en llamar jazz. Y toda la ciudad respira jazz y transpira música, desde las zonas más turísticas a aquellas, en el borde de la parte antigua, a la que acuden sobre todo los indígenas.
Lo confieso: me enamoré de Nueva Orleans, de su tremenda locura que conocí en el momento más loco del año, en pleno Mardi Gras, de la mezcla insólita de gente que se da cita allí, de su noche y hasta de su madrugada.
El barrio francés, que es muy español
Les estoy hablando del ambiente, de la cultura, de la música… pero tengo que decirles también que Nueva Orleans es, al menos en esa parte vieja que se siente europea, una ciudad muy bella, totalmente diferente a cualquier otra de Estados Unidos, menos americana, aunque esa sea también una forma de ser americana.
Por supuesto, esa belleza hay que buscarla en su famoso Barrio Francés, lleno de calles que tuvieron origen o al menos nombre español, pues Nueva Orleans fue, como toda Luisiana, parte de España durante las cuatro décadas finales del siglo XVIII, un periodo que 220 años después allí se recuerda todavía con cariño. La calle Real, la del Arsenal, la de San Pedro… la propia Bourbon Street, la más famosa de todas, que no debe su nombre al conocido licor americano, sino a la familia de reyes europeos, no sabría decir, eso sí, si por su rama española o por la francesa.
Esa calle de los Borbones –llamémosla así, aunque sea entre nosotros– es la quintaesencia de la extraña mezcla de locura y cultura que es la ciudad, especialmente durante ese carnaval increíble del que les hablaré otro día por aquí, ya que merece su propio artículo.
Una sola calle en la que se encuentran la virtud y el pecado, en la que sectas cristianas arrastran enormes cruces de madera y mujeres de todas las edades muestran los pechos a cambio de un mísero collar de cuentas de plástico; una calle de liberación y, se diría, de servidumbre; una calle en la que siempre se escucha, se canta y se vive música.
Casi daba lo mismo a qué hora pasases por Bourbon Street: bajo el sol duro del mediodía, la luz cálida de la tarde del Barrio Francés o la noche de neón y, un poco al menos, perdición: aquella calle de balcones de hierro engalanados para el Martes Gordo no daba ni un minuto de descanso.
Llena de bares de todos los estilos y para todos los gustos, de gente de todas las edades y todos los colores, turística a más no poder, pero también auténtica, a su alrededor el Barrio Francés crecía hermoso y orgulloso de sí mismo, de su historia y de sus fantasías vampíricas, en casas que más allá de la zona de bares transmitían una tranquilidad insólita. Caminé un par de noches por aquel oasis insólito, sorprendido de que a sólo unas decenas de metros de la locura se pudiese vivir con aquella paz y con todo aquel estilo.
El río
No descubro nada si les digo que Nueva Orleans existe gracias a ese Misisipi gigantesco que pasa por allí a punto de llegar al final. Desde la altura enorme de mi hotel se veía en una vista de pájaro que me permitía apreciar la belleza de sus meandros: no me pregunten por qué, pero aquellas curvas eran como elegantes, trazadas por la naturaleza y las inundaciones, a mí me parecían una muestra de respeto a una ciudad en la que las cosas no deben hacerse de cualquier manera.
Ya desde la orilla me impresionaba la descomunal cantidad de agua –es y se adivina muy profundo– y la distancia enorme a la que se encuentra la otra orilla, que ya parece de otra ciudad completamente diferente. Me gustó especialmente por la noche, cuando del agua oscura y misteriosa llegaba un fresco cargado de historia y, sobre todo, de historias.
Y, por supuesto, la música
Apunten este nombre: Frenchmen Street. Es el lugar perfecto para disfrutar de la noche neorleanesa, de un ambiente excepcional, lleno de música, donde cualquier cosa puede ocurrir en cualquier momento.
Estuve en no menos de media docena de los maravillosos garitos de Frenchmen Street y en todos ellos vi y escuché bandas excepcionales, tocando música propia o de otros, que en unos era más rock, en otros más jazz y en otros más rhythm and blues, que sonaba muy actual o algo vintage. Y sólo por el precio de una consumición, si querías consumirla.
Pero no era sólo en esa calle no muy larga pero sí muy intensa: en la propia Bourbon Street turistas e indígenas eran alimentados con bandas excelentes, en otros lugares de la zona sonaba el jazz y prácticamente en cualquier esquina podía asaltarte una big band callejera que te hacía sentir como si estuvieses escuchando al mismísimo Louis Armstrong.
Una locura total, pero qué bendita locura.
Otros blogs
- El blog de Regina Otaola
- Presente y pasado
- Más allá de la Taifa
- Made in USA
- Lucrecio
- LD Lidia
- La sátira
- Iberian Notes
- Bitacora editorial
- Blogoscopio
- Conectados
- Confesiones de un cinépata
- Crónicas murcianas
- Democracia en América
- Diego Sánchez de la Cruz
- Los enigmas del 11M
- El penúltimo raulista vivo
- Almanaque de la Historia de España
- Atlética Legión
- Blog Appétit!
- Seriemente
- Cara B
- In Memoriam
- Adiós, ladrillo, adiós
- Procesos de aprendizaje
- LD Libros
- Tirando a Fallar
- ¡Arráncalo, por Dios!
- Alaska & Mario
- El blog de Federico
