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Javier Somalo

Ningún Franco salvará a Sánchez

Franco ha salvado a Sánchez sólo de momento, pero si el presidente manda sobre el delegado no deberíamos tardar en ver a ese presidente, a su gabinete y a todo aquel que lo merezca en un banquillo.

Javier Somalo
Franco ha salvado a Sánchez sólo de momento, pero si el presidente manda sobre el delegado no deberíamos tardar en ver a ese presidente, a su gabinete y a todo aquel que lo merezca en un banquillo.
José Manuel Franco y Pedro Sánchez. | EFE

Sostuve aquí la semana pasada que, en mi opinión, sí había dolo, entendido como intencionalidad a sabiendas del daño, en la gestión gubernamental de la pandemia en torno a la manifestaciones del 8-M. Y sospeché también que habría reticencias a verlo como tal porque, como suele pasar en España, el político gobernante no es igual ante la Ley que el resto de los ciudadanos. Y así empieza a suceder otra maldita vez.

De momento –me cabe a empujones una mínima esperanza–, José Manuel Franco ha hecho de dique de contención, como buen delegado del Gobierno del PSOE –como el Fiscal o la Abogacía General, siempre al servicio–, a lo que debería ser un procesamiento casi masivo del Ejecutivo de Iglesias y Sánchez. La cronología de lo acontecido en España desde enero corrobora que el Gobierno tenía pleno conocimiento del riesgo de una concentración masiva y, de hecho, aplicó algunos de los mensajes provenientes de instancias europeas a congresos de médicos o las cárceles. Pero nunca para los fastos de su aberrante –en fondo y forma– Ley de Libertad Sexual, para su jornada de reafirmación pública.

La tesis de la izquierda gobernante y mediática –tan redundante como cierto– es que Franco, el pobre, no sabía nada pero Ayuso lo sabía todo y dejó morir a los ancianos en residencias mientras paseaba por una suite de lujo. Para esto encuentran todo tipo de documentos que aconsejarían una moción de censura en la Comunidad de Madrid, único objetivo tan real como ya confesado. Pero contra el pecado original todo son conspiraciones, machismos y fascismos.

Lo resumió impunemente Sánchez con su "Viva el 8 de marzo", quizá la fecha que marca ese periodo "constituyente" que se le escapó al ministro de Justicia, no a Lastra, a la se disculparía desconocimiento, sino al ministro de Justicia, Juan Carlos Campo. Y todavía quiere hacernos creer que le entendimos mal o que hasta quiso decir lo contrario. Si los liberales –ellos sí, constituyentes– gritaron "Viva la Pepa" para celebrar la Constitución de Cádiz de 1812, hoy el "Viva el 8 de marzo" es ya la mejor consigna de la involución, "crisis constituyente" para el ministro Campo, música para los oídos de Pablo Iglesias, el segundo instigador de nuestros males, siempre después de Zapatero aunque termine aventajando al maestro.

La juez Carmen Rodríguez-Medel no ha querido dictar sobreseimiento libre para no dar la partida por perdida pero estas angustias eternas que se reservan algunos jueces de buen arranque y repentina parada tienen que terminar de una vez, diga lo que diga la izquierda o el nacionalismo o la mezcla de ambos como le sucedió al magistrado Manuel Marchena. Si no acaba sucediendo así, todo esto nos aboca a una dramática conclusión: que algunos jueces sucumben sistemáticamente a la presión de la izquierda. No hay otra forma de explicar que prosperen causas como la Gürtel –en la que hay delitos que deberían ser instruidos correctamente– y decaigan otras, en general, mucho mejor instruidas y con más elementos de juicio.

Muchos expertos en las lides jurídicas sospecharon que el caso Franco murió precisamente cuando la juez Rodríguez-Medel rechazó la imputación de Fernando Simón, al que Podemos quiere condecorar y otros intentan comparar con Albert Einstein. El rechazo vendría lógicamente a la vista de las enormes presiones habituales, a saber: la Fiscalía General (del Gobierno), la Abogacía general (del Gobierno) y los medios de comunicación de la izquierda, esté quien esté en el Gobierno.

A la juez se le fue quedando pequeño el patio procesal y acabó archivando con 51 páginas de auto habiendo tomado declaración al principal imputado 48 horas antes e interrogando a 15 personas la víspera de redactarlo.

Pero la causa archivada, no cerrada, contra Franco no es la absolución del Gobierno aunque con esos cañones de la juris-imprudencia disparan ya muchas baterías mediáticas de subvención. No se puede acotar la Justicia a un instante erróneo que luego se eleva a definitivo como sucedió con el golpe de Estado de la Generalidad de Cataluña al enjuiciarlo mientras se producía. Parecemos empeñados en ofrecer victorias gratuitas a los que tienen claros planes contrarios a la convivencia democrática.

Han jugado con nuestra seguridad y la de los sanitarios que se han dejado la vida –63 según el Gobierno, al menos 76 según asociaciones médicas–, han recomendado y contraindicado las mascarillas, han aprovechado el estado de alarma para avanzar a pisotones legislativos con la ayuda de mucho tonto útil y han ocultado información de obligatoria difusión pública como la composición del comité de expertos o las cifras de fallecidos, que superan probablemente los 44.000 aunque sólo cuenten 27.136. Lo último es que los muertos están "congelados" y suponemos que aflorarán más tarde si hay deshielo, como los que relata Federico Jiménez Losantos en Memoria del Comunismo citando a Anne Applebaum.

Franco ha salvado a Sánchez sólo de momento, pero si el presidente manda sobre el delegado no deberíamos tardar en ver a ese presidente, a su gabinete y a todo aquel que lo merezca en un banquillo. Y, desde luego, ni un Franco ni el otro van a sacar a este gobierno de su responsabilidad histórica.

Javier Somalo, director del Grupo Libertad Digital.

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