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Pablo Planas

El golpe de Estado en campaña

La complicidad nacionalista con los violentos debería ser otra vuelta de llave en la celda de los golpistas.

Pablo Planas
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Lejos de solidarizarse con los candidatos constitucionalistas que han sido víctimas de ataques en sus mítines, los partidos nacionalistas sostienen que sus rivales políticos son unos peligrosos agitadores cuyo único propósito es alentar la crispación y que en el pecado llevan la penitencia. Según esta teoría, un acto de Cayetana Álvarez de Toledo en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), un mitin de Abascal en Bilbao o de Rivera en Rentería son provocaciones intolerables, de modo que los intentos de boicot no son condenados, sino justificados y alentados.

Llueve sobre mojado. El proceso separatista catalán es inexplicable sin la carta blanca para discriminar primero y amenazar y acosar físicamente después a quienes se oponen al proyecto republicano supremacista. Señalar, insultar, escupir, empujar y golpear son actividades perfectamente normales en manifestaciones que se aportan como ejemplos de civismo pacífico y festivo.

La descripción de algunos de los hechos que se juzgan en el Tribunal Supremo casan perfectamente con lo que está pasando estos días de campaña en Cataluña y el País Vasco. Los intentos de agresión a Álvarez de Toledo en el campus de la UAB y las algaradas en torno a los mítines de Vox y Ciudadanos rezuman el mismo odio y violencia que los sucesos vinculados al golpe de Estado de septiembre y octubre de 2017.

La complicidad nacionalista con los violentos debería ser otra vuelta de llave en la celda de los golpistas. Los disturbios en campaña muestran a las claras que el separatismo no ha renunciado a la fuerza tumultuaria, la violencia callejera y los desórdenes públicos como prácticas habituales para la consecución de sus fines. Que Inés Arrimadas, Álvarez de Toledo o Ignacio Garriga, el candidato hispano-guineano de Vox por Barcelona, no puedan hacer campaña en condiciones normales contradice el relato separatista. Indultar a los golpistas, como sugiere el PSOE, supondría el triunfo de la fuerza bruta frente a la "fuerza actuante" que a duras penas logró que el referéndum del 1-O no fuera el fin de España.

El golpe sigue vivo, está de campaña electoral. Los nacionalistas acosan e intentan amedrentar a los constitucionalistas. Ha vuelto la kale borroka al País Vasco y la "gente de paz" en Cataluña patea a las candidatas de España y al "negro de Vox". Guardias civiles y policías nacionales desgranan en el Supremo los mismos insultos y patadas que sufren las gentes de Ciudadanos, PP y Vox en Bilbao, San Sebastián, Barcelona, Alsasua, Vich y Badalona. Los medios de propaganda catalanistas celebran alborozados que la peste amarilla se haya manifestado en forma de grandes lazos amarillos en las fachadas de la Plaza de los Fueros de Rentería, donde ETA mató a tanta gente.

Los policías que pasaron este lunes por el Supremo dicen que los manifestantes del 1-O les escupían a un palmo de la cara que ojalá la banda volviera a matar. Son los mismos que año y medio después gritan "Pim, pam, pum, que no quedi ni un" y "Fascista, entzun [escucha]: pin, pan, pun" a quienes se atreven a ir a los actos de PP, Ciudadanos y Vox en Cataluña y el País Vasco.

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