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Columna publicada el 20-01-2004
Habrá que resignarse a estos dos meses de campaña. Tan aburrida, tan inútil, como lo son siempre las campañas electorales. Con un agravante, esta vez: la campaña está hecha y saldada, hace ya meses. Porque, si es cierto que, en las sociedades actuales, campaña electoral es el permanente bombardeo mediático al cual el indefenso ciudadano es sometido todos los días del año sin excepción, esta vez la cosa ha sido llevada a la caricatura.
El PSOE de Zapatero inició su campaña hace algo más de un año. Cegado por el único destello que ha logrado atisbar en las tinieblas de su última década. La guerra en Irak cambió todos los planes de los socialistas españoles. Hasta el otoño de 2002, nadie en la dirección del PSOE daba un duro por la posibilidad de una victoria electoral de Zapatero. Él, menos que nadie. La estrategia era otra: aguantar el tirón, evitar la defenestración gonzalina al modo Borrell, y esperar a una segunda oportunidad más benévola, hacia el 2008. No era un mal cálculo; aunque contar con la pasividad de los viejos tiburones felipistas es siempre una apuesta arriesgada.
La inminencia de la guerra cambió todo. Y Zapatero fue arrastrado por el huracán del delirio antiamericano que recorrió —como tantas otras veces antes— el país entre enero y marzo del año pasado. Y se vio en Moncloa, de la mano de la unión subvencionada de teatreros sadamistas. No supo entender —no tuvo tampoco equipo que le proporcionase los análisis adecuados para hacerlo— que aquella euforia callejera auguraba lo peor; que siempre augura lo peor, para un político que juegue en una sociedad moderna y mediatizada, el dejarse arrastrar por el vocinglerío callejero. Extrañas encuestas le aseguraron que el noventa por cien del país condenaba la intervención contra el dictador iraquí, y que bastaba un empujón decidido para hacer caer, en pocas semanas, la hasta entonces inexpugnable ciudadela de Aznar. Que era o entonces o nunca.
Asistimos, a partir de ahí, a la mayor cadena de disparates en la que hemos visto enredarse a un político español desde hace mucho. Sin darse cuenta, Zapatero acabó por convertirse en el hazmerreír aun de aquellos que no lo consideraban un perfecto desvergonzado o aun algo peor. El resultado fue, políticamente, letal. Sus intervenciones allí donde se le paga por estar, el Parlamento, producían, mientras tanto, cada vez mayor vergüenza ajena, y daban pie, por contraste, a una inesperada brillantez de Rajoy a la hora de vapulearlo con displicencia casi apenada.
Un año de campaña electoral ha puesto demasiado al descubierto a Zapatero: una retórica vacía, una ignorancia mastodóntica, una perfecta incapacidad para hacer propuestas razonables, un equipo cuyos grandes príncipes —los caciques autonómicos— no tienen ya otra perspectiva que la de salvar sus feudos como sea. A cada paso, el foso se agranda bajo sus pies: fueron primero la guerra y el Prestige; luego, lo de las elecciones madrileñas y el escándalo inmobiliario de la FSM; a continuación, la defunción de Maragall a manos de Carod Rovira. Y, para rematar, la puñalada trapera del “consejero privado” Ibarra y su inmediata fulminación por decreto maragalliano. Parece como si, deliberadamente, Zapatero hubiera planificado, hasta el último detalle, su suicidio. Lo parecería, si uno le atribuyera tanta inteligencia como para hacerlo.
Tendremos circo, por supuesto, en estas dos semanas. Pero toda esta historia suena a rancia y los leones parecen francamente apolillados. Serán dos meses de majestuoso aburrimiento. Habrá que resignarse. Son los costes de la democracia.

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