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El Ministerio de Agricultura abre sus puertas

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Aunque lleva muchos años siendo Ministerio de Agricultura, el espectacular edificio que todos conocemos frente a la estación de Atocha se llama Palacio de Fomento, pues como tal se construyó a finales del siglo XIX.

Desde entonces es de los edificios más admirados de la ciudad por su arquitectura grandiosa y un punto recargada, muy del gusto de su época y, por lo general, de los españoles. Lo cierto es que es un edificio bello, espectacular y además no hay tantos en Madrid de ese tamaño y que estén completamente exentos como este, y menos aún en una zona tan céntrica y de paso.

Pero aún así, y dada esa función oficial pero un tanto particular, el Palacio de Fomento –es decir, el Ministerio de Agricultura- siempre ha sido un gran desconocido para la inmensa mayoría de los madrileños, al menos en su interior.

Puertas abiertas

Sin embargo, y en una iniciativa que hasta donde yo sé es pionera en edificios ministeriales –lo cierto es que tampoco hay tantos ministerios que sea así de interesante visitar- el Ministerio de Agricultura ha abierto sus puertas y desde hace unos días se puede visitar aunque sólo en fin de semana, para no interferir en la frenética jornada laboral de los funcionarios –perdonen la maldad, pero no he podido resistirme-.

Las visitas se han preparado en dos modalidades: unas más convencionales, con un guía turístico y que serán gratuitas, aunque hay que apuntarse previamente y el número de plazas es –obviamente- limitado; y otras que incluyen un pequeño espectáculo teatral a través del cual se van conociendo las estancias más importantes del ministerio, parte de su historia, detalles arquitectónicos… lo normal en este tipo de casos.

El precio de estas visitas es de ocho euros, que resulta bastante razonable y que además sirve para financiar el programa completo, que así no le costará ni un céntimo al sufrido contribuyente, que eso sí que somos todos…

De la mano de Ricardo Velázquez Bosco

Esta visita teatralizada fue la que hicimos un grupo de periodistas amablemente invitados por el propio Ministerio para dar a conocer el programa. La cosa empieza bien antes de empezar, si me permiten la expresión: sólo llegar al imponente edificio y conocerlo después de haberlo observado tantas veces durante tantos años ya lo pone a uno de buen humor.

Una vez en el gran hall de entrada y tras escuchar un poco de música clásica se ve aparecer una elegante figura desde las tinieblas del tiempo, casi literalmente: se ponen en marcha unas de esas máquinas de hacer humo que todos vimos por primera vez en el Tocata a mediados de los 8º.

La figura elegante, con capa española, sombrero, bastón y maneras de lord, es Ricardo Velázquez Bosco –interpretado por Carlos Domingo-, el principal arquitecto del edificio, que será nuestro principal guía durante la vista. Nadie mejor para ir narrando los detalles del edificio y la historia, un poco tormentosa como la de cualquier gran edificio en nuestro país, de su construcción.

Ya en la espectacular escalera principal –impresionante de verdad: sólo por esta parte del edificio vale la pena la visita- se une un segundo personaje: una joven alumna del arquitecto, que le irá dando contrapunto y permite el desarrollo de una especie de trama.

El texto, obviamente, no parece salido del ingenio de Shakespeare, pero es digno: hace un uso curioso de la confusión temporal entre los personajes y los visitantes, incluye algunas reflexiones sobre la consideración de la mujer y la época, traza una historia con un final curioso que no les desvelo… en resumen: se deja ver y oír y no está mal interpretado, lo que tampoco suele ser lo habitual en este tipo de cosas.

Lo mejor, no obstante, sigue siendo el edificio y los salones, algunos grandiosos como la sala de micrófonos, otros con su morbo como el despacho que venía ocupando Miguel Arias Cañete, los retratos de todos los ministros de Agricultura de la historia -con una merecida parada en el de Loyola de Palacio, que fue la primera mujer que ocupó la cartera-, un espectacular patio lucernario con un fantástico techo de metal...

La visita dura alrededor de una hora, es decir, que por ocho euros se disfruta de una hora de teatro en vivo y más que de cerca y se conoce uno de los edificios más representativos de Madrid, no me pueden decir que es un mal trato…

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