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En el tren equivocado

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Stardust Memories, una de mis películas favoritas de Woody Allen, se inicia con una escena muda memorable: el protagonista (interpretado por el propio Allen) se encuentra sentado en un tren que está a punto de salir de la estación. Woody Allen mira a su alrededor y contempla a los ocupantes de su vagón: todos ellos tienen aspecto de pobres, de tristes, de aburridos; uno de ellos está llorando, como aquejado por una pena inmensa.

De repente, Woody Allen se da cuenta de que en el andén contiguo hay otro tren a punto de salir. Pero, a diferencia del suyo, aquel otro tren está lleno de gente guapa, lujosamente vestida, que bebe champán y parece pasárselo estupendamente. Sharon Stone, en uno de sus primeros papeles cinematográficos, lanza a Woody Allen un beso desde ese otro tren a través del cristal.

Woody Allen vuelve a contemplar su propio vagón, como pensando "¿Por qué me ha tocado a mí en el tren de los pobres y aburridos?" y llama al revisor, con quien mantiene una discusión, en la que le enseña su billete y parece decirle que alguien se ha debido de confundir, que alguien le ha sentado en el tren incorrecto. Pero el revisor no le hace caso y ambos trenes salen de la estación simultáneamente, mientras Woody Allen intenta, infructuosa y desesperadamente, bajarse del tren a través de una ventana.

El mundo entero se ha conmovido estos días con la tragedia del Mar de Andamán, donde miles de inmigrantes, sobre todo birmanos y bangladesíes, peregrinan de costa en costa, sin agua ni alimentos, intentando que algún país los deje desembarcar.

No es una tragedia que nos resulte ajena: el Mar Mediterráneo se ha convertido en una inmensa tumba, en la que inmigrantes norteafricanos y de Oriente Medio se dejan la vida a millares, intentando llegar a las costas de una Europa que no sabe qué hacer para evitar la espantosa sangría humana.

¿Abrir los brazos a los inmigrantes que llegan a través del mar? ¿Cómo evitar entonces que millones de personas sigan sus pasos?

¿Evitar que esas pateras salgan de las costas norteafricanas? ¿Y cómo controlar miles de kilómetros de costa, que las mafias del tráfico de personas conocen a la perfección?

Las fronteras son una creación artificial, pero se trata de una creación de la que, por desgracia, no es posible prescindir aún. Porque ningún país del mundo, por muy rico que sea, sobreviviría a una oleada migratoria no restringida. Por la pura y simple razón de que los recursos económicos son finitos.

Y lo malo es que esas fronteras no existen en el campo de la información. Las personas que huyen de la miseria, de la persecución política o de las purgas religiosas de sus países, saben que al otro lado del mar hay lugares donde esos males no existen, o están muy atenuados. Internet o la televisión les muestran a diario insultantes imágenes de países donde al menos se puede malvivir, en lugar de malmorir; imágenes de países donde la vida vale algo; imágenes de países donde la gente no es quemada viva por profesar una religión, o por ser de una determinada minoría étnica, o por tener unas determinadas creencias políticas.

Como en esa película de Woody Allen, cientos de millones de personas miran el vagón que les ha tocado en suerte y luego contemplan, en el andén contiguo, ese otro tren de gente guapa y rica. Y quieren a toda costa cambiarse de tren, aunque sea saltando por una ventana y tirándose en marcha.

Y no vamos a poder evitar eso, no vamos a poder parar esa tragedia, a menos que la comunidad internacional se tome en serio la tarea de igualar los trenes, de acabar con las persecuciones y con la miseria.

No se pueden poner puertas ni al campo, ni al mar. La única solución es que una parte de nuestra riqueza y de nuestra libertad comiencen a llegar, antes de que sea demasiado tarde, a esos lugares donde no hay libertad ni riqueza, para que la gente deje de tener un incentivo que les lleve a arrojarse al mar en busca de una vida mejor.

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