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Morir a manos de tus salvadores

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Editorial del programa Sin Complejos del domingo 21/7/2013

Como ya saben ustedes, el pasado 6 de julio se estrellaba en el aeropuerto de San Francisco el vuelo 214 de Asiana Airlines, procedente de Corea del Sur. A consecuencia del accidente perecieron 3 personas y otras 181 resultaron heridas, 13 de ellas de gravedad. Aunque lo más trágico, como hemos sabido después, es el modo en que pereció una de las tres víctimas mortales, Ye Mengyan, de 16 años.

Según ha puesto de relieve la autopsia realizada, Ye Mengyan estaba viva y sana después de producirse el accidente aéreo, y la muerte le sobrevino debido a las heridas sufridas... al ser atropellada por uno de los camiones de bomberos que acudía a apagar las llamas del avión.

Es un caso de mala suerte como tantos otros. Pero el hecho de sobrevivir a algo impensable, para luego morir a manos de quienes en teoría te tienen que salvar, hace que la tragedia resulte aún más chocante, más incomprensible.

Es precisamente ese mismo factor lo que hace que la situación actual en nuestro país sea incomprensible y chocante para muchos españoles. Millones de electores, y no solo de derecha, vivieron como una auténtica pesadilla los ocho años de enloquecido mandato de Zapatero. Una pesadilla primero en el plano ideológico y político, pero después también en el plano económico. En cierto modo, Zapatero se antojaba como una especie de catástrofe impensable, algún tipo de plaga bíblica que nos hubiera sido enviada para expiar quién sabe qué culpas.

Y en esto llegó Mariano. No es que a la gente le entusiasmara el de Pontevedra, pero había que echar a Zapatero a toda costa. Había que salir de la pesadilla. Pocos confiaban en Rajoy: por su trayectoria errática, por su carácter enigmático, por la gente de la que se rodeaba, por sus bandazos en temas fundamentales, por su desafección hacia algunas de las personas más valiosas del partido... Pero había que huir como fuera de aquel avión en llamas llamado zapaterismo, que nos había llevado a la ruina y a la irrelevancia internacional.

Rajoy parecía un tipo razonablemente honrado y, aunque en el terreno ideológico no era muy de fiar, todo el mundo estaba convencido de que sería capaz de enderezar rápidamente el rumbo de la economía. No en vano los del PP tenían fama de buenos gestores, ¿verdad?

Pero veinte meses después de la llegada de Rajoy a La Moncloa, España agoniza en medio de un caos de corrupciones, de estancamiento económico y de descrédito interior y exterior.

Efectivamente, Rajoy no era de fiar en el terreno ideológico. Pero resulta que tampoco ha salido buen gestor en el campo económico, donde sigue sin acometer ninguna reforma digna de tal nombre, y ya solo aspira a que dejemos de seguir cayendo.

Y en lo que a honradez respecta, no sabemos aún si se lucró personalmente, pero el propio PP ha reconocido, a estas alturas, que existía una trama organizada de corrupción en el seno del partido. Trama que Rajoy, o bien consintió, lo que lo situaría como cabeza de la misma, o bien no fue capaz de detectarla, lo que apuntaría a que Rajoy ni siquiera sabe si sus más directos colaboradores roban. En cualquiera de los dos casos, su papel como presidente, del partido y del gobierno, está irremediablemente en entredicho.

Ni ideología, ni transparencia, ni eficacia... Lo reúne todo, el angelito. Y ahora los españoles nos encontramos en una especie de sinvivir, temiendo que en cualquier momento nos asesten el golpe definitivo, que ni siquiera sabemos de dónde vendrá: tal vez otro susto económico, tal vez una quiebra definitiva de las instituciones, tal vez un estallido soberanista, tal vez un conflicto exterior... Sea lo que sea, se tratará de un golpe que no nos merecemos.

Creíamos habernos salvado de la catástrofe tras habernos librado de Zapatero. Pero ahora España está a punto de perecer a manos de quien creíamos que venía a salvarla.

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