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Un Rato en el desierto

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Y echará suertes Aarón sobre los dos machos cabríos; una suerte por Jehová, y otra suerte por Azazel.

Mas el macho cabrío sobre el cual cayere la suerte por Azazel, lo presentará vivo delante de Jehová para hacer la reconciliación sobre él, para enviarlo a Azazel al desierto.

El que hubiere llevado el macho cabrío a Azazel, lavará sus vestidos, lavará también con agua su cuerpo, y después entrará en el campamento.

Esas son las palabras con las que se describe en la Biblia la costumbre en la que tiene su origen la expresión "chivo expiatorio". En la fiesta del Yom Kipur, el Día de la Expiación, se elegían dos machos cabríos; uno se sacrificaba directamente a Jehová como homenaje, mientras que el otro se presentaba vivo ante Dios, para que durante la ceremonia se transfirieran a él todos los pecados del pueblo judío. Después, ese chivo, el denominado "chivo expiatorio", se enviaba al desierto, cargando simbólicamente con todas las culpas.

Esa costumbre, la de transferir a un individuo concreto lo que son culpas colectivas, resulta tan útil y tan frecuente, especialmente en el terreno político, que la expresión se utiliza de manera común. Nada mejor, para enfrentarse a una opinión pública encolerizada, que sacrificar un chivo expiatorio, para tratar de redirigir hacia él el odio del pueblo.

Esta vez, a quien le ha tocado cargar con las culpas es a Rodrigo Rato. No digo que no merezca lo que le pasa, pero llama la atención el espectáculo montado con él de protagonista. Está claro que se ha buscado simplemente el impacto mediático, aplicando una dureza formal que en otros casos (caso Pujol, EREs, Urdagarín...) ha estado ausente.

Que caiga sobre Rato todo el peso de la Ley, pero resulta llamativo cómo se ha conseguido en estos pasados años centrar en Bankia y en Rato toda la atención sobre esa corrupción estructural de las cajas de ahorro. Parece como si solo se hubiera robado en Bankia y como si solo hubiera robado Rato, cuando todas las cajas de ahorro eran una pocilga y todos los que participaron en su gestión están de mierda hasta el cuello.

Pero claro, ese es precisamente el problema: como allí estaban todos repartiéndose el pastel, hace falta el chivo expiatorio. Cuanto más se centre la atención en Bankia, menos se fijará la opinión pública en las cajas catalanas, o gallegas o castellanomanchegas. Y cuanto más se atice al monigote de Rato, menos se hablará de que lo que habría que hacer es disolver el PP, el PSOE, los sindicatos mayoritarios y la patronal, como presuntas organizaciones criminales.

No creo en la inocencia de Rato. Es más, ni siquiera me cae bien. Siempre he pensado que era un político a quien los intereses de su país le importaban un soberano bledo y solo le preocupaban los suyos.

Pero tampoco me gustan los espectáculos gratuitos, ni que me tomen por tonto. Exijo que se apliquen a los demás responsables de las cajas de ahorro los mismos criterios que se están aplicando a ese Rato sobre el que ahora escupen los que en otro tiempo le lamían las botas.

Por cierto, a quienes han decidido enviar a Rato al desierto como chivo expiatorio, les recuerdo que la cita bíblica recomienda lavarse después de dejar a la cabra a merced del ángel caído.

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