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Nueva York, el embrujo de la capital del mundo

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Este sábado se cumplían nueve años desde los más sangrientos, salvajes y espectaculares atentados terroristas de la historia. Así que es un inmejorable momento para homenajear a la ciudad que los sufrió, que es además y aún después de aquello, uno de los lugares más hermosos, excitantes, impactantes e imprescindibles del planeta: Nueva York.

Conocí NYC cuando el 11S era una herida lejana, si bien todavía sin cicatrizar. De hecho, cuando hablabas con ellos, muchos neoyorquinos comentaban que la ciudad no era la misma, que faltaba algo indefinible: unos hablaban de alegría, otros de confianza, incluso de una cierta arrogancia que ha permitido a la Gran Manzana ser lo que es.

Probablemente sea cierto, y ya nada es igual, pero aún así NYC es el lugar más fascinante y sorprendente que he conocido en mi vida. En sólo dos días me enamoré perdidamente de la ciudad, un sentimiento que la distancia no ha hecho más que agrandar desde entonces.

¿He dicho en sólo dos días? Bueno, la realidad es que bastaron dos momentos, aunque transcurriesen en un lapso de unas 30 horas. El primero fue nada más llegar o, mejor dicho, al poco de llegar: tras dejar las maletas en la que iba a ser mi casa para los dos meses siguientes y siguiendo el consejo de mi casero tomé el metro, atravesé el East River por el subsuelo, entre en Manhattan y salí de nuevo a la superficie en plena Times Square.

El shock fue brutal, la impresión inolvidable: nunca había estado en un lugar así, en el que había tantas cosas que mirar, tanta gente a la que ver, tal densidad de puntos a los que era imprescindible dirigir la mirada. Y todo con la grandiosidad propia de Nueva York, con el Empire State al fondo, con los grandes rascacielos de la propia plaza, con los gigantescos neones...

El otro momento tuvo lugar la noche siguiente: desde un frío y ventoso borde del East River contemplé extasiado el perfil nocturno de Manhattan. Un perfil en el que faltaban las dos torres, pero que como ya he contado por aquí me hizo pensar que estaba contemplando la cumbre más alta de mi civilización, la Roma del S XX y, probablemente, del XXI.

Esos fueron los momentos del flechazo, pero la historia de amor fue creciendo desde entonces: cuanto más conocía la ciudad más me gustaba pasear por ella, entrar a sus tiendas, conocer sus museos, descansar en sus parques... Y es que Nueva York tiene TODO lo que una gran ciudad puede ofrecer y lo da al trepidante ritmo en el que la gente camina por sus avenidas o incluso al casi alocado en el que el chirriante metro se mueve por su subsuelo.

No conozco a casi nadie que no se haya sentido fascinado en mayor o menor medida por esta gran ciudad, incluso aquellos que diseñaron y ejecutaron el salvaje atentado del 11S reconocieron al elegirla para sus siniestros planes que esa isla estrecha entre el East River y el Hudson es el centro del mundo, el lugar al que hay que ir, una Meca de la civilización occidental.

Creo que tras el 11S todos debemos tener un rincón especial en nuestro corazón para Nueva York y lo que significa. Aquellos que hemos tenido la suerte de conocerla sabemos que es imposible no amarla una vez que hemos estado allí y la recordamos todos los días, pero alrededor de esta fecha fatídica todavía la sentimos más cerca.

Sea este mi pequeño homenaje a la ciudad de Nueva York y, por supuesto, a los miles de neoyorquinos que murieron asesinados, víctimas de los fanáticos que no pueden soportar que sigamos siendo libres.

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comentarios
1 Arturo, día

Creo que pocas veces podré estar más de acuerdo con un artículo que con este suyo Don Carmelo. A mí me valió con mi primera tarde en NY para enamorarme de ella. Y, desde entonces, le sido siempre fiel. Sin ni siquiera imaginar que pudiera existir otro corazón en el Mundo que lata con más fuerza de la que lo hace La Gran Manazana. I Love NY.

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