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El incendio de Roma

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Todos Vds han oído la historia del emperador Nerón tocando la lira mientras Roma arde.

Pero, en realidad, no sabemos si la imagen es cierta, porque los historiadores romanos se contradicen al respecto. Es Suetonio quien cuenta que Nerón cantaba una canción vestido de gala mientras el incendio devoraba la ciudad, pero Tácito dice que aquello no es más que una leyenda urbana, y que Nerón se encontraba, en realidad, fuera de Roma al desatarse el incendio. Es bastante probable que, en efecto, esa imagen no sea más que una leyenda urbana, pero basada precisamente en otro episodio de la vida de Nerón ocurrido el mismo año del incendio:

Es conocido que a Nerón le gustaba cantar, recitar poesía y tocar la lira. Al principio solo actuaba en privado, pero cuatro años antes del golpe de estado que lo empujó al suicidio, comenzó a hacerlo en público. Y su primera actuación tuvo lugar en Nápoles en el año 64 d.C. Según cuenta Suetonio, lo que ocurrió en aquel estreno de Nerón como cantante fue que la tierra comenzó a temblar: uno de aquellos frecuentes terremotos en el sur de Italia, pero, al parecer, de especial intensidad. A pesar del terremoto, Nerón continuó interpretando hasta el final la canción que estaba cantando, dice Suetonio. Tácito afirma, por su parte, que tras la evacuación del teatro, éste se vino abajo como resultado del temblor de tierra.

Como digo, tiene toda la pinta de que esa leyenda urbana de Nerón tocando la lira mientras Roma arde, nació a partir de esa otra escena (esta sí, real) de Nerón cantando en Nápoles mientras la tierra tiembla.

Sea como sea, lo cierto es que la historia de Nerón y la lira ante las llamas, ha quedado en la memoria colectiva como imagen representativa del gobernante ajeno a las desgracias de su pueblo, que se divierte mientras sus súbditos lo pierden todo.

Se trata de una imagen poderosísima, que transmite de forma simple el más descarnado egoísmo. Y la izquierda española, experta en acción política, lo sabe. Y utiliza siempre que puede la "técnica Nerón". ¿Se acuerdan ustedes de las críticas a la cacería de Fraga mientras se hundía el Prestige? ¿O las críticas a la estancia de Ana Botella en un spa de Portugal, tras la tragedia del Madrid Arena? Si analizan ustedes ambos casos, verán que comparten con la historia de Nerón todos los elementos fundamentales: gobernante entregado a actividades lúdicas, mientras el pueblo se ve afectado por una catástrofe de origen aleatorio y de la que el gobernante no es responsable directo.

¿Por qué es tan poderosa esa imagen? Pues porque, ante las catástrofes aleatorias, proporciona una vía al ciudadano común para encontrar un culpable sobre el que descargar su ira: el incendio de Roma pudo ser casual, pero el canalla de Nerón se divertía mientras las llamas devoraban nuestra casa, etcétera. A partir de ahí, resulta fácil terminar acusándole de haber provocado el incendio. Es lo que hacen los historiadores Suetonio y Dión Casio, que dicen que Nerón provocó las llamas para poder construirse un nuevo palacio en la zona arrasada por el fuego, mientras que Tácito (como hizo el propio Nerón) responsabiliza del incendio a los cristianos. ¿Quién quemó Roma, en realidad? Pues lo más probable (y las investigaciones históricas lo confirman) es que la catástrofe tuviera un origen meramente fortuito, como el de tantos otros incendios que por aquel entonces se declaraban en los barrios más pobres de la ciudad.

Si se fijan ustedes, resulta incluso más fácil culpabilizar a un gobernante por una desgracia repentina de la que no es directamente responsable, que por una desgracia de mucho mayor calado que sí sea consecuencia de su actuación. Si la inutilidad de un gobernante hace que se incremente el paro en un par de millones de personas, el coste en imagen es mucho menor que si de repente se produce un vertido tóxico sin víctimas y el responsable político está en un casino jugando al póker.

¿Por qué sucede esto así? Pues la razón está, precisamente, en que son las catástrofes repentinas, inesperadas, las que nos dejan más necesitados, como seres humanos, de encontrar una explicación que nos permita racionalizar la desgracia. Con lo cual, en esos momentos posteriores al suceso es cuando más vulnerables somos a cualquier intento deliberado de redirigir nuestra ira hacia un determinado objetivo: necesitamos un culpable, y lo necesitamos ya. Quienes conocen esa característica de los seres humanos, pueden aprovecharla en su propio beneficio.

Lo cual, de hecho, es otra razón más para sospechar que la historia de Nerón y la lira es una patraña, probablemente inventada por alguno de los opositores que terminaron por darle a Nerón un golpe de estado cuatro años después de que Roma ardiera.

Por cierto, cuenta Dión Casio que las últimas palabras de Nerón, antes de suicidarse, fueron: "¡Vaya artista muere conmigo!". Lo cual suena también a leyenda urbana, qué quieren que les diga.

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