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De Palas de Rey a Arzúa o la muerte es un cuarto piso

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Nuestra tercera etapa del Camino de Santiago fue, con mucho, la más dura de las cinco que hicimos, de hecho la paliza fue de tal calibre que al acabar el día y más muerto que vivo logré enfocarme en un único pensamiento positivo: "Si he superado el día de hoy esto está hecho".

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Y es que el “paseo” entre estas dos Palas de Rey y Arzúa es de 30 kilómetros de nada, es decir, cuando los días anteriores me sentía morir al final de los 25 que veníamos recorriendo todavía me quedaban otros 5.000 metros de “diversión a gogó”.

Hay que añadir, además, que la etapa no sólo era más dura por su longitud, sino que tenía un perfil mucho más abrupto que las anteriores, es decir, las subidas y las bajadas eran constantes y las piernas sufrían lo suyo, especialmente las rodillas, que me amargaban sobre todo a la hora de descender hasta que, en un rapto de racionalidad y por 12 euros de nada, me compré una rodillera que me alivió bastante y que se convirtió en compañera inseparable el resto del camino.

Lo peor, no obstante, no fue eso sino llegar a Arzúa y descubrir, sobrecogido de espanto y dolor, que la pensionzucha en la que dimos a parar estaba arteramente situada en un cuarto piso sin ascensor: las escenas de James Stewart subiendo el campanario de la misión en Vértigo, una auténtica nadería comparado con lo que pasé yo allí.



Además, tampoco el paisaje durante el día fue tan espectacular como en los anteriores, aunque por supuesto siguió habiendo rincones preciosos y encantadores tramos de bosque en los que, eso sí, el eucalipto empezaba a acaparar por completo el protagonismo frente a los bosques de roble y castaño por los que habíamos pasado antes.

Y aunque me está saliendo el post un tanto quejoso, hay que decir que no todo estuvo tan mal, al menos la comida fue excelente en el ruidoso y un tanto destartalado Mesón Ezequiel de Melide, con un pulpo difícil de olvidar que ingerimos en las cantidades industriales que la ocasión requería.

Además, y para mi placentera sorpresa el dolor que el día anterior me había machacado el tobillo prácticamente desapareció durante esta tercera etapa, pasando a ser sustituido, eso sí, por una tortura generalizada desde los pies hasta el pelo que se agudizaba al descansar un rato y que me hacía dar los primeros pasos tras cada parada al más puro, marcial y heroico estilo Chiquito de la Calzada. Una elegancia british de anuncio de Burberry que ya no abandoné hasta dos o tres días después de acabar.

Por otra parte, el día terminó con las primeras gotas del Camino cayendo justo cuando llegamos a Arzúa, donde nos salvamos del chaparrón por unos minutos. De alguna forma el tiempo nos quiso decir de que ya habíamos andado tres días bajo un sol primaveral y era hora de recordarnos que estábamos en Galicia… y de avisarnos de lo que se nos venía encima en lo que nos quedaba.
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comentarios
1 paco, día

Que maravillosa experiencia es hacer el Camino, se sea creyente o no. Tienes tiempo para pensar si te conoces, conocerte. Ver la vida con perspectiva humana, despreciar esta "inhumanidad" en la que los politicastros intentan inocularnos. Se acepta que para vivir,y vivir bien, no hace falta tanto como tenemos y consumimos.A todos BUEN CAMINO

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